miércoles, 19 de julio de 2017

poema | un minuto sin ti

Mi alma de poeta enamorado
se hunde en la soledad de mi habitación.
La distancia de tus manos se clava
en el dolor de la nostalgia de tu amor.         

No acierto a definir
lo que me pasa cuando estoy contigo
y veo que se muere la emoción
cuando no estás solo conmigo.         

Siento el amor, ahora, como un refugio
que se protege en la ternura de tus ojos
y con los recuerdos acumulados te digo
que si el amor no me busca, lo escondo.

Un minuto sin ti me duele en lo más profundo,
en ese espacio de la lealtad compartida.
Un minuto sin ti me rompe el corazón todo,
sabiendo que pronto llegará tu partida.        

Ahora que estoy derrotado en esta guerra    
de mis quimeras y mis sueños por tu amor,  
las ilusiones se anhelan en mi mirada,
ésa que, al mirarla, se ausenta por el dolor.

El tiempo junto a ti transcurre en ese misterio         
que transforma un segundo en el instante infinito
de una vida compartida en la complacencia
o de una vida fracasada en el precipicio.

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1999
El silencio del amor. Poemario III

lunes, 17 de julio de 2017

poema | vengo

vengo de la sospecha
de la apatía del desánimo                   
vengo de la traición                            
y sin embargo siento                           
de nuevo la misma ilusión                   

vengo de la tristeza                            
de la soledad y del desamor                
y sin embargo siento                           
de nuevo la misma ilusión

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1999
El silencio del amor. Poemario III      

jueves, 13 de julio de 2017

poema | algo más

Ahora que la espera desespera,                                
mi cansada palabra, que no escucha,                        
ni quiere escuchar, a nada ni a nadie,                                   
puede decírtelo sin voz: te amé.                               
Y te amé sólo como supe amar,                                
con mis pocas virtudes y desprecios,                       
con la certeza de ser inmaduro,                                
tal y como en el camino aprendí                               
las pocas veces que se enamoraron                           
del simétrico cuerpo que recubre                              
ese afán de deseos alcanzables                                 
que dices que no he comenzado a ser.                     

Ahora, dentro de esta fría sala,                                
la memoria implacable me devuelve                         
días en que no te bastaba el sexo,                            
horas en que indagabas algo más,                            
mis palabras dejándote vacío.                                  
Recuerdo la incomprensión de mis fines                  
y el estupor que desencadenaban                             
siempre en tu ánimo, ávido de progreso.                  
Tú, exigiendo en mí lo que yo aún no era;               
yo, entregándote lo que otros pedían;                      
creciendo el desencuentro entre los dos,                  
fuimos alejándonos mutuamente.                             

Ahora, aquí sentado, he comprendido                     
lo que otras veces quisiste explicarme                      
en largos silencios. Que la belleza                            
naufraga en cualquier suspiro del viento                  
un mal día de esos que nos asalta                             
la vida, con violencia, y nos la roba.                        
Que los trofeos que el cuerpo consigue                    
apenas se retienen un instante                                  
en el archivo de nuestra vivencia.                            
Vienen a buscarme los enfermeros.                          
Después de este quirófano mi rostro                        
sonreirá de otra forma tus sonrisas.              


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2008
La soledad perdida. Poemario V

sábado, 8 de julio de 2017

ficciones | porque sueño

    “Porque sueño, no lo estoy”, decía Léolo en la película del mismo nombre, un niño obsesionado por no caer en la locura de su familia, un niño que sueña intensamente cada noche e intenta revivir sus nítidos sueños cada día para escapar de la realidad cotidiana que lo acerca a la locura. “Porque sueño, no estoy loco”, repetía Leólo cada mañana al despertarse. Esa película de Jean-Claude Lauzon de principios de los noventa le marcó de por vida porque él soñaba mucho pero nunca recordaba nada y, al contrario que Leólo, se preguntaba si no estaría loco precisamente por no acordarse de sus sueños. Sabía que soñaba porque se despertaba agitado y, a menudo, angustiado y sudoroso. Otras veces, todo lo contrario, feliz y complacido con una extraña sensación de plenitud, que nada tenía que ver con el deseo erótico pues ni en la cama ni en su cuerpo aparecía huella alguna de eyaculación inconsciente. Siempre se preguntaba lo mismo, por qué soñaba tanto –lo sabía- sin recordar absolutamente nada al despertarse.
    Pero los sueños lo avisaban de algo que él intuía con esas sensaciones contradictorias con las que amanecía. Si se despertaba normal, es decir, ni nervioso ni pletórico, sabía que no había soñado nada esa noche, pero en cuanto la inquietud o la alegría abrían sus ojos por la mañana sabía que algo le quería decir el sueño del que no tenía memoria. Y entonces repasaba despacio la agenda de ese día por iniciar, pensando en las acciones que tenía que llevar a cabo o en las decisiones que tenía que tomar. También analizaba cuidadosamente las personas con las que tenía que verse por trabajo o amistad, releyendo las citas que había anotado para deducir si en alguna de ellas residía la advertencia del sueño que, a pesar de dejarlo en blanco, lo alteraba o lo sumía en un relajamiento inusual.
    Aquella mañana se despertó muy agitado, respirando incluso con dificultad. Sabía, por tanto, que algo tenía que evitar, que el sueño que seguro había tenido y no recordaba lo estaba poniendo en guardia para ese día. Tenía que acudir por la tarde a la presentación de un libro de un amigo suyo, un texto polémico en el que se trataba un tema conflictivo que enfrentaba desde algunos meses atrás a partidarios de opciones lingüísticas contradictorias y radicalmente incompatibles en el uso de una palabra que, según uno u otro punto de vista, modificaba visceralmente el significado de la misma, lo que llevaba un tiempo causando una agria polémica entre escritores, que afeaban a ciertos académicos de la lengua la inoportunidad de haber rescatado de la memoria olvidada el significado de ese término, ya en desuso desde hacía un siglo, y que confería significaciones distintas a novelas y relatos recientemente publicados, que desvirtuarían por completo la interpretación que a esos libros había dado la inmensa mayoría de lectores y que, por tanto, corrían el riesgo de ser despreciados y abandonados al olvido.
    Su amigo lo había invitado para que dedicara unas palabras a su investigación pero, revisando la agenda de aquel día, entendió que ése era, precisamente, el evento que tenía que evitar, pues contaba con amigos y compañeros de profesión entre ambas tendencias -profesores, editores, críticos- que no le perdonarían su alineamiento en aquel debate, dada su probada ecuanimidad y prudencia. También es verdad que aquel asunto le era en realidad completamente ajeno, pues nunca en sus libros había utilizado la palabra de marras que traía a toda la comunidad filológica por la calle de la amargura, así que por aquella intuición onírica desmemoriada vio claro que debía esquivar el conflicto y declinar la invitación a presentar la obra de su amigo.
    Ni siquiera lo llamó. Esperó a que llegara la hora del acto y le dejó un mensaje en el contestador del móvil, excusándose por la incomparecencia debido a un serio accidente de tráfico que había sufrido en el camino y cuyas consecuencias le iban a entretener un par de horas como mínimo; lo que era cierto, pues al salir del trabajo golpeó violentamente sin querer a otro coche que circulaba delante suyo y tuvo que enfrentarse a las iras del conductor y a la denuncia del correspondiente agente de policía, ya que pensando en el pretexto que pondría a su amigo no vio el semáforo en rojo y se lo saltó como si tal cosa. Cuando al día siguiente leyó en la prensa que la presentación del libro había servido para sellar las paces, por fin, entre filólogos de uno y otro bando, cabeceó contra la pared por haber perdido la oportunidad de lucirse ante la comunidad científica, presumiendo de amistad pero, al mismo tiempo, de neutralidad en la disputa lingüística. Entonces pensó que había interpretado mal el sueño no recordado, pues aquella jornada había caído en viernes y él ese día siempre dejaba el coche en casa y acudía al trabajo en transporte público para evitar el caos automovilístico que se formaba en la ciudad, cuando la gente se volvía loca por iniciar el fin de semana. 
    “Porque sueño, no lo estoy”, le vino otra vez la frase al pensamiento. “Como siga equivocándome, terminaré por volverme loco”, se dijo mientras buscaba Leólo en su videoteca, dispuesto a verla por enésima vez, a ver si con ello conjuraba la desmemoria de sus sueños, en los que él creía firmemente para interpretar la realidad, como así atesoraba también su biblioteca, de la que había estudiado varias veces La interpetación de los sueños, de Sigmund Freud. Nunca lo había compartido con nadie, pero ese vacío onírico que lo asaltaba cada mañana al despertar lo frustraba desde niño, pues nunca supo si sus quimeras despiertas en la vida tenían fundamento en sus sueños nocturnos.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2016 

ficciones | viejas libretas

    Allí estaban, todas guardadas en una carpeta vieja, más o menos ordenadas. Se alternaban las escritas a mano con las escritas a máquina. Las primeras eran más antiguas, lógicamente, de cuando todavía los bancarios anotaban con bolígrafo los apuntes contables. Ya ni las recordaban, probablemente ni aquella época tampoco, pero ahí estaban, habían sobrevivido al tiempo y a las mudanzas. Ahora, su madre se las mostraba para decidir qué hacían con ellas, si seguían conservándolas o se deshacían de todas. Su primer impulso fue tirarlas a la papelera pero, al instante, recapacitó y las fue tomando una a una, ordenándolas por entidades y por fechas, abriéndolas para recordar los años en que habían tenido bastante dinero, casi todo ahorrado a base de mucho trabajo en el negocio familiar y algunas renuncias en la vida personal. Todo para que él, su único hijo, tuviera la mejor educación, la mejor comida, la mejor vestimenta y las mejores oportunidades. Fue siguiendo el curso de su vida a través de esos movimientos bancarios, recordando la ilusión con la que ingresaban el dinero en las cuentas, viendo aumentar los saldos todas las semanas.
    Todo se fue al traste con la noche, con la juerga, con la juventud larga y descontrolada, que lo sumió en un derroche permanente y en deudas y trampas financieras constantes. Ahora todo aquel tiempo había pasado, afortunadamente, y él se había salvado de todo lo malo porque sus padres no lo dejaron caer nunca, aunque ellos se hundieron en varias ocasiones. Él revivió en esos momentos el inmenso dolor que los había causado durante aquellos años y la tristeza por haber vaciado sus cuentas bancarias tantas veces. Lloró amargamente en su presencia, sin poder evitarlo, y ella comprendió que su hijo todavía no había superado esa etapa de la vida. Le dijo, entonces: “mejor las tiramos, al fin y al cabo sólo son libretas de banco”. Él la miró con los ojos llorosos y rebatió su argumento: “son nuestros mejores años y, aunque sea con dolor, me gustará recordarlos de vez en cuando”.
    Siguió ordenando las libretas, limpiándolas de polvo, y siguió recordando aquellas mañanas en que, felices los dos, iban a los mostradores bancarios a ingresar dinero en las cuentas y salían satisfechos tras aumentar los saldos. Se quedó anclado en ese tiempo, evitando el de la desobediencia y el despilfarro, y se dio cuenta de que su madre sólo había conservado las libretas de aquélla época de ganancias y ahorro. Le preguntó por qué lo había hecho, por qué no había guardado también las demás, y ella le contestó que sólo había coleccionado las libretas más antiguas, las que se escribían a mano, a máquina o con aquellos grandes computadores primigenios, porque eran las más bonitas y originales. “Las de después ya no tenían interés, eran todas iguales. Las interesantes son ésas, cuando los bancos eran otros distintos a los de ahora”, le dijo. Él la miró, complacido y sonriente, ya enjugadas las lágrimas, y siguió curioseando por aquellos movimientos y saldos bancarios, sin percatarse de que su madre ya había separado en una bolsa negra las libretas de los años de bancarrota, que ahora se llevaba discretamente a la cocina para tirarlas a la basura.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2016

ficciones | emoticonos

    Me despertó el timbre de casa pero yo no abrí. Era muy temprano todavía y pensé que sería algún comercial madrugador. Sin embargo, ante la insistencia, me acerqué a la puerta de puntillas y, en absoluto silencio, vi por la mirilla que era el amigo de mi chico que tantas veladas había compartido con nosotros en los últimos meses. Se habían reencontrado después de muchos años sin saber nada el uno del otro y, de repente, se había colado en nuestra rutina como si fuera un íntimo amigo de toda la vida. Me pareció tan extraña y brusca su manera de venir a casa, sin avisar previamente, que no abrí la puerta y me volví a la cama para intentar seguir durmiendo. Al instante recibí un mensaje suyo en el WhatsApp, preguntándome si estaba en casa o en el trabajo. Le respondí que estaba en casa de mis padres, que me había quedado allí a dormir porque hoy libraba y quería pasar el día con ellos. “Ah”, se sorprendió con el respectivo emoticono, “es que tenía que decirte algo urgente”. “¿Y te parece lógico presentarte en nuestra casa, así de repente, sin avisar antes?”, le pregunté. “Ya, perdóname, sé que no son las formas adecuadas, pero pasaba justo por delante de vuestra casa y me decidí a probar a ver si estabas”, me respondió con un gracioso emoticono. “Pues no estoy”, le escribí haciéndome un ovillo entre las sábanas, “y si quieres quedamos luego por la tarde los tres y nos cuentas eso tan urgente”. “No, sólo puedo decírtelo a ti”, leí con gesto sorprendido. “Es algo que sólo puedes saber tú”, continuó escribiendo. “Pero yo no puedo quedar contigo a solas, eso lo entenderás, ¿verdad?”, le pregunté con el emoticono de la boca torcida. “Sí, sí, claro, lo entiendo, llevas razón”, contestó con  un emoticono triste. “Pero yo tengo que decirte esto, ya no lo puedo seguir ocultando”, siguió escribiendo mientras yo me sentaba en la cama, ya preocupado. “Pues dímelo, entonces”, le animé con un emoticono sonriente. “Me he enamorado de ti”, escribió sin ningún emoticono. Tardé unos minutos en reaccionar. Al fin, pulsé el teclado: “Yo soy de quien soy, de tu amigo, ¿por qué no lo paraste cuando podías?”, le pregunté con un emoticono enfadado. “Pensé que dirías algo así, por eso me voy un tiempo fuera, hasta que pueda olvidarte”, respondió con el emoticono que llora y el del corazón roto. Mi dedo se quedó enganchado a un emoticono triste hasta que mi chico llegó por la tarde a casa.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2016

ficciones | el primer paso

    Al final, tuvo que hacerlo porque él no se decidía. Tampoco ella, es cierto, pero en su caso era normal, pues todos sus compañeros directivos se habrían extrañado y vete a saber qué hubieran pensado de ella. Encontrarse en la cafetería todos los días, casi a la misma hora, se estaba convirtiendo en una pesadilla. Algo querían decir esos encuentros pero ninguno de los dos parecía dispuesto a indagarlo. Sin embargo, sus miradas lo decían todo. Se atraían mutuamente desde el primer día que se vieron allí, pero la diferente jerarquía que tenían en la empresa hacía muy difícil que entablaran un primer contacto, al menos en ese escenario. Hasta que hoy ella se decidió y, al marcharse, fingió tropezarse, haciéndole caer su taza de café, afortunadamente ya consumida. Las disculpas han roto, por fin, el hielo, y se han presentado, pero la prisa por volver al trabajo ha impedido que entablaran una mínima conversación. Quizá mañana él tenga alguna ocurrencia para hacerlo, a pesar de la mirada inquisitiva y clasista de los compañeros de ella, que ya ha dado el primer paso.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2016