miércoles, 29 de marzo de 2017

mi sensación | a escondidas


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Una de las mejores películas que he visto sobre el despertar adolescente de la homosexualidad pero, además, una de las mejores películas que he visto sobre el drama de la inmigración, y todo, encuadrado en la difícil armonía entre la amistad grupal y la amistad personal que, a veces, no se complementan e, inlcluso, se rechazan. Una obra de arte, delicada, sensual, tierna y a la vez dramática, que me recuerda los años adolescentes en los que yo tuve que silenciar aquellos primeros deseos eróticos insatisfechos y aquel primer amor inconfensable pues, a diferencia de mis amigos del instituto de secundaria, que presumían de sus chicas, yo no podía desvelar el nombre del chico que desvelaba mis sueños. Me he visto tan reflejado en algunas de las escenas que la memoria de aquel primer amor de adolescencia se ha hecho nítida y próxima, como si el tiempo, justo treinta años, no hubiera pasado. Aunque a veces parece echarse en falta alguna escena más erótica, al final uno comprende que no era de sexo de lo que quería hablar la película sino de atracción, de enamoramiento, de confusión y, sobre todo, de valor y coraje. Ésta es, sin duda, una película que merece comprarse y atesorar en una selecta deuveteca, pues es de esas películas que difícilmente se olvidan y que, de vez en cuando, apetece volver a ver.

lunes, 16 de enero de 2017

mi sensación | jardiel, un escritor de ida y vuelta

Sobre Enrique Jardiel Poncela, autor de "Un marido de ida y vuelta", comedia de la que parte "Jardiel, un escritor de ida y vuelta", sólo puedo decir que es uno de mis dramaturgos cómicos favoritos junto a Miguel Mihura y Carlos Arniches. Siempre que hay un estreno en Madrid de estos tres genios del humor acudo a la cita que nos propone alguno de los directores que los representan. La última con Jardiel fue "Eloísa está debajo de un almendro", a la que invité, como siempre, a mi madre, que también comparte conmigo la predilección por este trío de ases (Jardiel-Mihura-Arniches). En esta ocasión también se apuntaba mi pareja, a quien le ha encantado la obra. Sobre ella, destaco la escenografía, con un decorado circular que reproduce los palcos y la platea del María Guerrero, en lo que yo interpreto como un guiño del director del Centro Dramático Nacional (CDN), Ernesto Caballero, a Jardiel Poncela con el que quiere hacer notar que, a partir de ahora, el Teatro María Guerrero y el  CDN deben ser la casa natural de Jardiel. Sobre los actores, todos muy bien, pero a mí me han gustado especialmente dos secundarios: Luis Flor (en el papel de Sigerico) y Carmen Gutiérrez (en el papel de Gracia), a quien ya he visto en series de televisión. Muy cómicas y naturales las réplicas de él y genial la entonación y la ironía de cada frase pronunciada por ella. La originalidad de esta obra, sin duda, radica en la inclusión de Jardiel Poncela como actor de "Un marido de ida y vuelta", que aprovechará los descansos entre actos para reflexionar ante el público sobre su vida y su dedicación al teatro, monólogos construidos a base de retazos de declaraciones públicas y prólogos que escribió para sus obras. Es aquí donde me han emocionado algunas de las opiniones de Jardiel, que tuvo la desgracia de ser incomprendido por los dos bandos que se enfrentaron en la Guerra Civil y que luego convivieron en desigualdad de condiciones durante el régimen franquista, lo que le acarreó a Jardiel años de amargura y ruina económica. Muy acertada su reflexión acerca de cómo, durante la II República, los extremos políticos a derecha e izquierda robaron a los españoles dos de sus cualidades más bellas, el sentido del humor y el sentido de la humanidad, conduciéndoles al peor enfrentamiento armado de su Historia. Llamativa es, también, la escena en la que todos los actores abordan a Jardiel con preguntas sobre sus desavenencias con la crítica y el público durante el franquismo y también con los sectores más progresistas, que lo consideraban, por contra, franquista. Y, finalmente, me ha encantado esa conclusión a la que llega el espectro del personaje Pepe: "ahora que tengo tiempo me dedico al Arte".© FXM

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mi sensación | todas las mañanas del mundo

Por fin he podido ver esta película, veinticinco años después de su estreno. Para amantes de la música clásica, especialmente de la barroca, es interesante presenciar la locura creativa de un genio que, además, se complica con la locura que le provoca el fallecimiento prematuro de su esposa. Locura controlada, no excéntrica ni demencial pero, al fin y al cabo, locura, de ésa que recluye al individuo en su mundo particular, del que sólo asoma de vez en cuando para relacionarse con los demás, obligado por las contingencias de la vida. A pesar de la calidad de la producción, multipremiada por la Academia Francesa, la película es demasiado lenta, los personajes apenas evolucionan, salvo el protagonista, y el director se recrea en los tiempos largos de la acción, acompañados adecuadamente por una banda sonora en la que predominan los adagios de compositores franceses, que no son precisamente mis músicos favoritos del barroco. Aunque no me arrepiento de no haberla visto en el cine, me abre el apetito, eso sí, para volver a ver "Amadeus" y "Farinelli". © FXM




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mi sensación | comandante

Una película que ya me sorprendió la primera vez que la vi por esa cercanía y sencillez en el trato que mostraba el líder cubano, al que hay que agradecerle que no cortara en ningún momento ni el rodaje ni el montaje, a lo que tenía derecho según lo pactado. Polémica en su estreno, ofrece lógicamente la visión de parte y no entra en las cuestiones más conflictivas. En cualquier caso, hoy adquiere un valor incuestionable como documento político y de lo que no se puede dudar es de la dedicación inquebrantable que Fidel Castro ha entregado al gobierno de su país, independientemente de que se esté de acuerdo o no con su revolución comunista, en lo que no entro.  © FXM




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mi sensación | fresa y chocolate

Una de mis películas favoritas, que vi en el cine cuando se estrenó y que retrata magistralmente las dificultades que un gay tenía entonces en Cuba para vivir su sexualidad de forma abierta. Una película que abrió caminos, pues a partir de ella se fue normalizando el trato a los gays no sólo en las artes sino en la vida misma. Una magnífica interpretación de Jorge Perugorría y un tratamiento amable de la homosexualidad de su personaje, Diego, que lo retrata desde la consideración a su formación cultural e intelectual, a pesar de ser crítico con la revolución cubana. Muy lograda la contraposición con su contrario, el personaje interpretado por Vladímir Cruz, un joven estudiante revolucionario, David, que desde un asentado prejuicio inicial de la homosexualidad, evolucionará hacia su normalización por medio de la amistad con Diego. De fondo, las restricciones de la economía cubana, con importantes carencias materiales que impiden el libre desarrollo individual y la satisfacción colectiva de necesidades públicas y privadas, más allá de las básicas, en lo que también tiene su parte de responsabilidad el largo bloqueo comercial que EE UU impuso a la isla. Hay muchas frases ingeniosas a lo largo de la película, pero me quedo con ésta: "el arte no es para transmitir, el arte es para sentir y pensar, para transmitir está la radio, la prensa...", que Diego pronuncia para rechazar el arte como instrumento al servicio de la difusión de ideologías políticas. © FXM





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mi sensación | studio 54

LO MEJOR: El exhibicionismo del protagonista, la banda sonora, la recreación de la mítica discoteca, pionera en el concepto de noche-espectáculo que en los años noventa se llevaría a las discotecas de Ibiza y que después imitarían las discotecas de ambiente gay. LO PEOR: En la versión corta estrenada en las salas comerciales se suprimieron las escenas de alto voltaje entre los dos protagonistas masculinos, Shane y Greg, y se ocultó la bisexualidad de Shane, difuminándola en un trío afectivo con la novia de Greg. Eso no permitió tampoco la profundización en la trama dramática de dicho trío, que queda sólo sugerida, sin desarrollo. © FXM




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martes, 15 de noviembre de 2016

mi reflexión | lo improbable, una vez más

Publicado en

http://www.nuevatribuna.es/opinion
http://www.extremaduraprogresista.com
http://www.ecorepublicano.es
http://tercerainformacion.es


    Los análisis poselectorales publicados revelan que la elección del multimillonario Donald Trump como presidente de los EE UU ha sido decidida, mayoritariamente, en las zonas rurales del interior del país y en las ciudades menos pobladas; pero creo que su victoria -además de propiciarse por el menor apoyo recibido por Clinton que Obama en 2012 y 2008- ha sido impulsada principalmente por dos grupos de electores: 1. Los clásicos votantes conservadores -con su cuota correspondiente de sexismo y xenofobia- que quieren ver de nuevo al Partido Republicano dirigiendo la Administración y no cuestionan al candidato que se elige en primarias. 2. Los votantes de clase media y trabajadora, que han visto cómo ha disminuido su poder adquisitivo en los últimos años por efecto de la crisis económica o por efecto de la globalización, que ha reducido salarios o destruido empleos, como consecuencia de la deslocalización de industrias, cierre de empresas o ajustes salvajes en ellas para competir en el mercado global.
    Se teoriza mucho sobré qué tipo de votante ha dado la victoria a Trump. Unos insisten en que ha sido el votante blanco, de edad media, con formación básica. Otros advierten que la victoria de Trump no hubiera sido posible sin que otra cantidad considerable de votantes agraviados por las diatribas del magnate lo hayan apoyado finalmente en las urnas. Esto último quizá puedan explicarlo los psicólogos sociales. Yo creo, además, que a su imprevisible victoria ha colaborado decisivamente el FBI, con su injerencia en la recta final de la campaña electoral, amagando primero con la  investigación de nuevos correos enviados por Clinton desde su servidor personal en calidad de Secretaria de Estado y reculando, después, negando que dichos correos pudieran reabrir la investigación a la que se dio carpetazo en julio. ¿Qué intereses pretendía salvaguardar el FBI con esa jugada en la última semana de la campaña electoral? ¿Los del pueblo estadounidense, por si elegía a Clinton y luego se demostraba que había cometido algún delito? ¿O los intereses del sector institucional y económico de la seguridad y defensa nacional, supuestamente agraviados por la actuación de Clinton con el envío de esos correos? Los poderes fácticos, y el FBI es uno de ellos, son poderes reales con capacidad de influencia política a los que, supuestamente, los poderes representativos, elegidos por el pueblo, deben contener en sus impulsos intervencionistas. Quizás el daño infligido a la candidatura de Clinton en esos últimos días de campaña se agravó con la frenética conclusión a la que el FBI llegó tras el examen de esos nuevos correos, eximiendo a Clinton de toda sospecha delictiva, pues muchos ciudadanos estadounidenses podrían pensar, antes de depositar su voto en la urna, que la larga mano de los Clinton y sus colaboradores estaba detrás de esa resolución. Y eso fue lo que, precisamente, Trump aprovechó en uno de sus últimos mítines, sembrando la duda sobre la correcta revisión de 650.000 correos en unos pocos días.
    Independientemente de que esta cuestión pudiera haber cambiado el sentido del voto en un porcentaje decisivo de electores, desde mi punto de vista en la elección de Trump hay también un significativo voto de protesta hacia los daños colaterales que una globalización desaforada, sin límites, ha ocasionado en la economía estadounidense, pues el magnate neoyorquino se ha erigido en portavoz de dicha damnificación, seduciendo posiblemente incluso a anti-globalizadores de izquierda que votaron a Bernie Sanders en las primarias demócratas. El supuesto rechazo de Trump a la globalización se incardina, así, con otros movimientos similares en Occidente que están expresando su repulsa ante los desperfectos que dicha globalización está ocasionando en todos los países, tanto a trabajadores como a consumidores -aunque estos últimos aprecien menos dichos estragos por el beneficio que les reporta el abaratamiento de los productos que consumen, sin darse cuenta que lo que ganan como consumidores lo pierden como trabajadores. Quizás en este sentido, si los gobiernos liberales tomaran acertada nota del porqué de la elección de Donald Trump, ésta podría servir de revulsivo para marcar un punto de inflexión en la sumisa tolerancia de dichos gobiernos hacia una globalización económica en la que fluyen pingües beneficios empresariales a costa de pobreza y precariedad laboral.
    Millones de trabajadores -afectados especialmente por la nivelación a la baja de los salarios que impone el mercado global- ven cómo esos gobiernos neoliberales y social-liberales no resuelven los conflictos que genera la globalización, especialmente la desigualdad creciente entre países y la desigualdad global entre individuos, lo que genera movimientos migratorios, no todos asimilados de forma legal, convirtiendo a los inmigrantes ilegales en chivos expiatorios de los males económicos que aquejan a los nacionales de cada país. Desde el estallido de la Gran Recesión de 2008 estamos sumidos en una parálisis gubernamental que no es capaz de cuestionar a las grandes corporaciones y a los grandes inversores el modelo de globalización que han impuesto al mundo, con sus enormes beneficios fiscales y laborales, lo que genera el enriquecimiento insultante de una minoría de privilegiados, al mismo tiempo que el empobrecimiento de trabajadores en los nuevos países industriales y la precarización de las condiciones de trabajo en los países pos-industriales, de economía de servicios.
    Lo paradójico es cómo un multimillonario que pertenece a esa minoría de privilegiados va a tomar medidas para revertir la globalización en beneficio de las clases medias y trabajadoras, tal y como ha prometido Trump. Está por ver aún. El senador Bernie Sanders, contrincante demócrata de Clinton, ya ha dicho que si Trump va en serio en este sentido, le ofrece su colaboración. Quizás en esta cuestión, como en otras, Trump decepcione pronto a sus seguidores; o todo lo contrario, pues su fortuna le hace autónomo de otros poderes y cuenta, además, con mayoría republicana en el Congreso.
    No han esperado mucho algunos adalides de la globalización a ultranza -esos que nunca la cuestionan- para comparar el fenómeno Trump con partidos políticos como Podemos o Siryza, a los que liberales progresistas y conservadores llaman populistas, igualándolos así a partidos de ultraderecha, xenófobos y racistas, con los que les diferencia un mundo. Todo vale en esta ceremonia de la confusión, celebrada para salvaguardar un sistema capitalista global que se incardina con un sistema político liberal que ha sido incapaz de limitar los excesos y corregir los defectos de la globalización y, así, sólo nos cuenta las mil maravillas de una economía unidireccional que tenemos que aceptar sí o sí.
    Lo que parecen ignorar aún los partidos liberales de centro-derecha y de centro-izquierda es que en democracia cuando los gobiernos no resuelven serios problemas económicos a los ciudadanos, éstos suelen expresar su queja en forma de voto de protesta, eligiendo opciones extremistas, como ha ocurrido con el Brexit y ahora con Trump. Tanto que los liberales demonizan a Podemos o Syriza y resulta que en las dos cunas de la democracia occidental contemporánea, Gran Bretaña y EE UU, triunfan opciones anti-sistema engendradas, en ambos casos, en el seno de ideologías liberales conservadoras. Lo que, lamentablemente, no parecen recordar nuestros gobernantes es que ya en los años treinta del siglo XX, por los efectos de la Gran Depresión de 1929 y el colapso del Estado liberal, las clases populares europeas encumbraron a ideologías fanáticas que llevaron al mundo, finalmente, a la Segunda Guerra Mundial. Que tomen nota los partidos y gobiernos liberales, si no quieren que la triste Historia se repita. Pero que no confundan a Trump o Le Pen con Podemos o Siryza porque no son lo mismo. Criticar para mejorar este sistema no es ser anti-sistema. Como criticar esta globalización no es ser anti-globalización. Y, aunque haya coincidencias en la crítica de algunos aspectos de este sistema y de esta globalización, entre Trump y Podemos o entre Le Pen y Siryza hay distancias insalvables, justamente las que separan la democracia del autoritarismo, la xenofobia del multiculturalismo, la integración de los inmigrantes de los muros excluyentes, el sexismo de la igualdad sexual, etc. Liberales de pro como la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, o el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, saben bien de estas diferencias; quizá por eso, sus declaraciones comparando a Trump con Podemos se dirigen exclusivamente a votantes desinformados, fácilmente confundibles y manipulables.  Ellos sabrán por qué.