martes, 20 de febrero de 2018

cartas y diario de sergi sabater | junio 1994 | 22 años y 9 meses

23 JUNIO, JUEVES
Querido Bene...
Me alegró mucho recibir tu carta. Pensaba que nunca me ibas a escribir. ¿Por qué escribías a Álvaro y a mí no? Ya sé que él te tuvo en su casa, pero debes recordar que fui yo quien se preocupó por ti y quien movió todo lo que estaba en su mano para intentar solucionar tu estancia en Madrid. Mi ami­go me hizo el favor de alojarte en su casa porque yo en la mía no podía ir contra la autoridad de mis padres, pero si hu­biera te­nido otras circunstancias lo habría hecho y por todo el tiempo que hubieras querido. Es más, si hubiera tenido trabajo, como tengo ahora, te habría ayudado incluso económicamente. No pien­ses que estoy enfadado. Si te digo esto es porque me sor­prendía que no me escribieras, nada más. Tengo por costumbre hacer fa­vores si puedo y ayudar a todo aquel que lo necesite y se cruce en mi camino dentro de mis posibilidades. Nunca espero nada a cambio. Hago las cosas porque sí, porque creo que las debo hacer así, porque me lo dice mi moral, sin exigir a cambio otros fa­vores. Ofrezco mi amistad si la quieren, eso es todo.
Tú viniste en mal momento. La situación aquí era mala. No había apenas trabajo. Se destruía empleo cada día. Y ya sabes que, además, a los ciudadanos de tu país se les exige más en cuanto a visados y permisos de trabajo que a otros ciudadanos hispano­americanos. Ahora parece que la situación mejora tímida­mente. Se está creando más empleo, pero también porque estamos en verano y en esta época del año siempre sube la ocupación laboral por el turismo y la hostelería. Todos los expertos dicen que estamos saliendo de la crisis, pero es una salida muy lenta, apenas se nota un poco. Esperemos que cambie para mejor.
Sigo con atención las noticias que me llegan de tu país a través de la prensa. Últimamente habéis estado saliendo en los periódicos por el tema de los derechos humanos y la guerri­lla. Ya sé que la situación allí no es buena y que hay un alto índice de pobreza. Tú me interesas porque creo que eres mi ami­go, y mis amigos me preocupan. Deseo que mantengamos un contac­to más asiduo y que no renuncies a tu idea de volver a España, pero ten paciencia hasta que la situación mejore aquí y yo tam­bién esté en disposición de prestarte una ayuda más efectiva.

23 DE JUNIO, JUEVES
Querido Joaquim…
Perdona el retraso. He estado muy liado porque el día diez comencé a trabajar y siempre que tengo un trabajo nuevo estoy una semana o dos alejado de todo hasta que me adapto.
Me dijiste por teléfono que vendrías a Madrid sobre el tres de agosto. Lo más probable es que nosotros nos vayamos de vaca­ciones el día seis. Te aviso con antelación para que podamos com­partir dos o tres días antes de que te marches a Portugal. Mi ma­dre también te espera y no hay ningún problema para que estés en nuestra casa. Ella no te guarda ningún rencor. Yo le conté, más o menos, cómo te sentías por no haberle devuelto el dinero que te prestó y me dijo que lo más importante era que tú estu­vieras bien y que hubieras salido de tus angustias. Ella valora mucho en una persona la sinceridad de reconocer las equivoca­ciones y el saber pedir perdón a tiempo. Así que no te preocu­pes más por este asunto. El retraso, la ausencia, el silencio y el olvido en que nos has tenido a los dos ya no tie­ne importancia porque has decidido recuperarlo y porque sabía­mos que tenías problemas. Sin embargo, ahora que tu vida está en calma ya no hay razones para la distancia. Y los dos nos alegramos por ello.
Es muy probable que vayamos de vacaciones a Portugal otra vez. Así que, si al final nos decidimos, te puedes venir con no­sotros porque yo tengo pensado ir primero al norte, a la zona de Oporto, y luego a Coimbra, Lisboa y El Algarve. Mi madre y yo queremos volver porque hubo lugares que no pudimos conocer y otros no los disfrutamos lo suficiente. En especial, Lisboa. En el norte estuvimos hace algunos años y hay sitios que no recor­damos bien. Portugal nos gusta mucho y esta vez queremos cono­cerlo mejor.
Mi vida sigue igual. Ahora estudio por las mañanas y parte de las tardes. De siete y media de la tarde a once y media de la noche trabajo. Me va bien allí. El ambiente es distendido y el trabajo relajado. He estado saliendo con un chico durante un mes pero al final me ha dejado. Siempre me pasa igual. Parece que nadie quiere darme tiempo para conocerme mejor. Pero estoy acostumbrado y desde luego no me deprimo. Estoy un poco cansado de ir buscando el amor. Quiero relajarme, disfrutar de la vida y del amor, pero sin ilusionarme mucho porque creo que el amor, si te ha de llegar, te llega cuando menos te lo esperas, así que es absurdo empeñarse en encontrarlo.
Tengo muchas ganas de verte. Quiero dedicarte unos días para que disfrutes de Madrid, de sus tardes calurosas y de sus noches de verano tan románticas. Tenemos que hablar de muchas cosas. Pero, sobre todo, disfrutar de esta amistad reencontrada. Será un placer compartir contigo ese tiempo. Deseo con fuerza que vengas y conozcas lo nuevo que aquí te espera. Haz todo lo posible por venir. Yo ya estoy contando los días. 

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1994
Recuerdo de olvidos y presentes ausencias. Cartas y diario de Sergi Sabater

lunes, 12 de febrero de 2018

cartas y diario de sergi sabater | marzo 1994 | 22 años y 6 meses

20 DE MARZO, DOMINGO
Querido Noah…
Cuando estás más acostumbrado a entregar que a recibir, se hace difícil expresar la emoción que estás sintiendo cuando alguien te está confesando su sentimiento gozoso por tenerte como amigo, y más difícil se hace responder a un regalo de los sueños, como fue aquella canción que escogiste para decirme que estabas fe­liz porque yo fuera tu mejor amigo. Ahora que han pasado unos días desde aquel momento y puedo pensar con lenti­tud, me invade una sensación extraña, que no ajena, que me hace caminar unido junto a ti y me siento, por ello, yo también feliz.
Me reprochaba, a veces, mi dificultad por abrir mi senti­miento al tuyo y por no ceder parte de mis secretos. Pero aquel jueves la vida quiso que nos viéramos obligados a demostrar, por fin, los dominios abiertos de nuestro cercano deseo de amistad. Abrimos en aquella tarde deshojada de invierno nuestra carne al amor y sentimos en el corazón un pequeño desgarro, mezcla a la vez de placer y dolor. Era la llamada de un anhelo furtivo que, entre penumbras hasta entonces, había pujado por salir de la oscuri­dad en que dormía. Los dos sentimos la llama viva de una amis­tad que, a partir de entonces, ya no sería la misma. Estába­mos dando un gran paso, perdidos en la mirada del mundo, y te­níamos la íntima convicción de que aquella apuesta no saldría mal del todo.
Aquel jueves la vida me regaló un momento perdurable que que­da­rá para siempre en el recuerdo más íntimo, ése que sabe sólo de sentimientos. Abracé la palabra amigo en toda su di­mensión y en la expresión más verdadera, aquella que habla de dolor, de sufrimiento, y a la vez de compañía, de unión. Aquel jueves, vi­vimos los dos una experiencia que nos hizo crecer jun­tos, que nos permitió conocernos mejor y demostrarnos ambos hasta dónde estábamos dispuestos a llegar en nuestra amistad.
Te encontré sentado frente al Cine Princesa, donde había­mos quedado para ver la película Tres colores. Azul. Al salu­darte, ya noté una expresión distinta e, inmediatamente, me dijis­te que no tenías ganas de ver la película, ni de ir al cine, ni de na­da; que fuéramos a tomar algo a un lugar tranquilo donde pu­dié­ramos hablar; que todo había cambiado veinte minutos an­tes.
Sentados en un rincón del Café del Alphaville me contaste que habías descubierto una carta de Bernard a su amigo de Santoña, don­de hacía referencia a una aventura que había tenido con otro. Una semana antes habíamos estado hablando con Flavia, en ese mismo lugar, de las infidelidades que comete el signo Libra, de tu disposición al sentimiento y al amor, de tu inocencia y bon­dad. Dos semanas antes, tú y yo habíamos hablado en el Café del Nuncio de nuestros conceptos de pareja, de nuestra capaci­dad de sacrificio por amor. Como una premonición, parecía que esas conversaciones habían seguido todas un hilo conductor has­ta desembocar en la evidencia real de aquello que habíamos es­tado reflexionando.
Estabas derrotado, hundido. Tenía a mi lado al amigo ven­cido, rabiando incomprensión, ahogando en su interior el dolor de la traición, la herida abierta que el amado le había causa­do, la broma que la vida le estaba gastando. No supe qué decir en los primeros instantes. Aquello superaba con creces el cono­cimiento que, hasta entonces, yo tenía de Bernard. Nunca imaginé que sus bromas, algún día, dejarían de serlo. Me costó mucho es­fuerzo, al principio, hacerme a la idea de que él, conociéndote como te conoce, siendo consciente de lo que tú le entregas, de lo que esperas a cambio, de cómo concibes ciertas cosas, de cuál es tu concepto de amor, de cómo sufres con todo lo que atañe a vues­tra relación, sabiendo lo enamorado que estás y lo que le amas, fuera capaz de haberte sido infiel.
Nos había defraudado a los dos, pero a ti, además, te ha­bía mentido, te había traicionado. ¿Qué podías esperar a partir de ahora? Todos tus esquemas estaban rotos. Nos fuimos a pasear al Retiro y allí me di cuenta de que la vida, quizá por primera vez, te situaba en la tesitura de cuestionar tus ideas, de adaptarlas a la realidad del mundo, de reconstruir tus concep­tos y de enfrentarte a la vida mejor preparado para el sufri­miento, mejor predispuesto para las perennes heridas que deja abiertas el sentimiento. Remando en aquella barca del lago del Retiro comencé a reaccionar y a sentir en mi piel la desconso­ladora sensación de ahogo y vacío eterno que causa el desamor cuando te toca. Sentía ya en todo mi cuerpo no sólo tu patente dolor sino también el de Bernard y, con el vuestro, recuperaba el mío de los tempranos recuerdos. Vi con claridad que lo que ne­cesitabas no eran consuelos, que nunca los hay, sino armas para ganarle a la vida estas batallas. Por eso empecé a contarte lo que yo había aprendido en estas luchas y de lo que había conse­guido instruirme en los combates para ser yo quien pasa por la vida y no ser un hombre traspasado por ella.
Inicié, entonces, contigo una conversación en la que yo, por vez primera, me desnudaba por completo y abría toda mi filoso­fía a tus oídos. Aquella tarde sentí que además de prestarte mi hom­bro estaba dando un paso definitivo por incorporarte a mis sen­tidos y que, a partir de ahora, tú también eras mi mejor amigo. Por eso he querido recordar en esta carta lo que, más ­deslava­zado que ahora, te dije...  porque, siempre, como dice Pablo Neruda, entre los labios y la voz algo se va muriendo.
Te dije lo que Alejandro Magno decía, que hay que vivir como si tuviera que ser para siempre y como si cada momento pudiera ser el último. Que teníamos que estar siempre prepara­dos para afrontar el dolor y el sufrimiento. Que había que acostumbrarse a vivir acompañado del recuerdo triste de las cosas y de las per­sonas que nos han dejado, porque todo ello cons­tituye la melan­colía de la vida, sentimiento vivo inherente a la misma. Que no podíamos pretender aferrarnos para siempre al placer, a la fe­licidad, a la dicha gozosa, ya que todo ello formaría parte de una irrealidad más dolorosa aún que el propio dolor, pues éste golpea en las fibras que tenemos educadas para protegernos, pero aquéllas, cuando nos abandonan, nos sorpren­den por lo acostumbra­do que estábamos a su disfrute y no acer­tamos a des­prendernos de su compañía. Que teníamos que apren­der, por tan­to, a ser virtuosos en el sentido aristotélico, es decir, aprender a vivir en la virtud, que es el justo medio entre dos defectos: la felicidad plena y la desgracia absoluta. Nadie puede humanamente vivir sólo en uno de esos dos extremos porque no viviría en la realidad del mundo. Es ésa una de las injusti­cias más evidentes. Por eso, la melancolía debe ser, como te había dicho antes, inherente a la vida, porque es algo más de lo que Aristóteles decía que era: el gesto supremo del espí­ri­tu; es la esencia de la vida, ese sentimiento mezcla de dolor y placer que nos invade a veces sin saber si tenemos que reír o llorar. He ahí donde radica el secreto del saber vivir.
Te dije también que la vida era un paseo entre hogueras en­cen­didas y apagadas. Que teníamos que estar siempre prendien­do  fuegos que nos hicieran sentir vivos, pero que a veces te­níamos que quemarnos, porque no se puede caminar siempre des­calzo en­tre llamas sin quemarse alguna vez. Y que era bueno, además, porque es lo que nos hace despertar, lo que impide dor­mirnos en el sueño sofocante de la vida. Que teníamos que acos­tumbrarnos a caminar también entre cenizas, los restos de aque­llas hogue­ras que un día prendieron en nuestro corazón y respi­raron en­cendidas con las llamas agitándose al viento, hasta que nuestro descuido, por no avivarlas lo suficiente, o una ráfaga de vien­to las apagó. Que debíamos intentar siempre atizarlas de nuevo, pero que si su llama se había extinguido por algo con más fuer­za que nosotros mismos, debíamos dejarlas morir con tranquilidad, sin perturbar su agonía, y mantenerlas reposadas en el lugar que ocuparon, pues ese lugar será siempre irreem­plazable, les pertenecerá como los sueños a la noche. Que te­níamos que estar preparados para soportar el dolor que produce la quemadura de una hoguera que se apaga hasta que se convierte en un puñado de cenizas y se enfría, finalmente, y deja de echar humo.
Te dije, también, que teníamos que disfrutar siempre sin perder la inocencia ante las nuevas experiencias, ante las nue­vas per­sonas. Que teníamos que abrirnos al mundo por completo, desnu­darnos por entero a todo soplo de vida, a toda esperanza de luz, y confiar a ciegas en que aquello que vamos a vivir va a ser lo más pleno y excitante, como si nunca antes lo hubiéra­mos vivido. Que teníamos que abrazar siempre los momentos como nue­vos, como si fueran los primeros, para disfrutarlos plena­men­te. Que no se trataba de olvidar ni destruir la memoria, las expe­riencias anteriores, sino de dejarlas en su lugar, en el baúl de los recuerdos, pues ése es su lugar. Pero que teníamos que te­ner presente lo que nos hizo aprender, aquello que nos hizo cambiar, lo que esas vivencias tuvieron de bueno para ha­cernos crecer. Nuestro ánimo tiene que estar constantemente predis­puesto para entrar a saco en nuevas aventuras sin olvi­dar -de eso se trata- nuestro yo, que se ha ido haciendo a base de pa­sar por los instantes de la vida aprehendiendo la materia de sus formas. Ése es otro de los secretos: tener siempre la edad de la inocencia, pero no vivir en ella.
Te dije, también, que no podíamos permitir que nadie nos robara la capacidad de amar ni la capacidad de sorprendernos y deslum­brarnos ante lo inaudito o inesperado, porque entonces nos ro­ban la vida y nos sentimos muertos estando vivos. Y que no de­bíamos caer en esa fatalidad. Por eso teníamos que estar prepa­rados para la ausencia, y de esa manera, poder seguir vi­viendo sin amputarnos la sensibilidad de seguir disfrutando de nuevos momentos, de nuevas experiencias, todas además distintas a las anteriores, porque así como no hay dos personas iguales, tampo­co hay dos instantes idénticos. Cada persona, cada momen­to, es irrepetible en sí mismo, nunca más lo volveremos a vivir igual. Por eso, no podemos dejar que se nos escape el tren que pasa por delante nuestro, porque cada nuevo tren que cojamos nos hará recorrer un viaje diferente a través de paisajes y lugares nue­vos y distintos; aunque a veces parecidos, pero siempre únicos.
Te dije, también, que el amor se entrega pero permanece siempre en nosotros porque está dentro de nosotros mismos, es la expre­sión de nuestra capacidad de amar. Y ésa es siempre la misma, es inherente a nuestra personalidad. El amor que senti­mos nos moldea como personas y lo somos en función del amor que somos capaces de dar. Amamos siempre de la misma manera a per­sonas diferentes con detalles y entornos distintos. Por eso, te dije, si has sido capaz de amar una vez, serás capaz de amar siempre. Los que te dejen se marcharán con el amor que les has dado, pero nunca debes permitir que se lleven consigo tu amor, el que tú tienes, porque entonces se llevan también con él todo tu ser. Alejandro Magno decía que del amor nacen algo más que hijos: los hijos de los sueños, y ésos son los que nunca debe­mos en­tregar a los que nos abandonan, porque son los más impor­tantes, ya que el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, que decía Hölderlin. De lo contrario, morire­mos en la penumbra de los amores carbonizados.
Te dije, finalmente, que no se trataba de cerrar nuestra carne al amor, de negar a los demás la posibilidad que ya dimos a otros. De lo que se trata es de saber siempre a la altura a la que nos estamos elevando, de medir la altura a la que nos eleva la vi­da, las personas y las experiencias; de mirar para abajo cuando nos sentimos elevados a un cielo desbordante, para calcu­lar la distancia a la que podemos caer después sin temor a ha­cernos daño. Que de lo que se trataba era de subir siempre, de elevar­se, pero siendo conscientes de que es posible que ten­ga­mos que bajar, que es posible que nos caigamos. Si hemos me­dido esa distancia no tendremos miedo a la caída, porque ya sa­bremos cómo prepararnos para llegar otra vez al suelo del que despega­mos.
Al final de aquel largo paseo nos fuimos andando hasta el Hotel Palace, donde tomamos una copa, ya más relajados, escu­chando las notas que aquel hombre al piano dejaba caer suave­mente en el salón del bar de la cúpula. Y ahora recuerdo que se me ol­vidó enton­ces decirte lo que dijo Marco Aurelio en una ocasión, que nada le sucede al hombre que su naturaleza no esté prepara­da para soportar.

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1994
Recuerdo de olvidos y presentes ausencias. Cartas y diario de Sergi Sabater

cartas y diario de sergi sabater | febrero 2018 | 46 años y 5 meses

4 DE FEBRERO, DOMINGO
Querida Giulia…
Gracias por la tarde de ayer; me ha abierto la puerta a un camino que yo llevaba meses intuyendo que tenía que comenzar a recorrer, el del estudio y comprensión del estado de conciencia que, en el fondo, toda mi vida ha presidido mis acciones y pensamientos y con el que siempre he estado en contacto a través de la poesía, la filosofía, la fe, la música, el arte, la amistad, el amor... pero sin ser consciente de que todo eso formaba parte de un recorrido coherente y con un destino en el navegador de mi vida. Las dolencias que se me revelaron el año pasado han ido poniendo orden a ese desorden trascendente que yo siempre intuía, y llevo un año meditando y asociando vivencias, pensamientos y sensaciones que yo percibía que me estaban conduciendo a un punto de partida espiritual. Todo ha ido empujando hacia ese instante que ayer viví y que por el contenido de la charla, el miedo, yo ya intuí el otro día que era el momento elegido por "algo" para iniciar ese camino de búsqueda profunda de mi estado de conciencia. Todavía estoy digiriendo las frases que me bombardearon directas a ese nivel superior y que parecían dirigidas especialmente a mi circunstancia, ahora que he tomado la primera decisión trascendental de mi vida forzado por esa dolencia que mi cuerpo me revela, frases que coinciden también con reflexiones que en los últimos meses he podido hacer gracias a otras fuentes. Todo, como el río que fluye, lleva a la misma desembocadura... enfrentarme al miedo más decisivo, aquel que paraliza una vida... La mía ha estado presidida y dirigida por el miedo, eso lo aprendí en las dos terapias psicológicas que he hecho, pero ahora tengo una herramienta para luchar contra él... esa sabiduría que he ido acumulando a lo largo de mi vida, inconexa, desordenada, y que ahora, gracias a vuestra espiritualidad, a mi fe, a la poesía y a la filosofía, también al amor de los míos, está iniciando un camino coherente y conexo con el destino espiritual al que todos nos deberíamos dirigir pero al que no todos despiertan... Y en ese camino hay muchas coincidencias.

12 DE FEBRERO, LUNES
Querida Giulia…
Como te dije el otro día, me hago preguntas y busco respuestas aunque nunca he estado alejado del camino del corazón y toda mi vida he ido a la esencia de las personas y de las vivencias. Yo siempre he guiado mi vida por el amor, la justicia,  la bondad y la solidaridad (aunque he tropezado bastantes veces), valores que he ido aprendiendo desde mi infancia y que desde la adolescencia he ido acrecentando con diferentes lecturas y algo de estudio. Tengo una considerable colección de reflexiones acerca del sentido de la vida, de su utilidad y de su trascendencia y todos los días de mi vida he meditado sobre los hechos que me acontecían y su posible significado. Ahora bien, no tengo certezas, solo aproximaciones, y en esos recorridos todo aporta, también vuestra visión unificada de la conciencia. Sin embargo, porque soy de natural inquieto, curioso y multidisciplinar, doy cabida a diversas teorías que puedan explicar el porqué de los acontecimientos trascendentes de mi vida y reconozco que me cuesta elegir alguno de ellos porque no soy categórico con nada ni con nadie. Tengo en cuenta, valoro, sopeso, medito... pero no tengo certezas, solo aproximaciones, dudas... Siempre he sido así, dubitativo pero curioso, no sé si filósofo o periodista, aunque Filosofía fue la siguiente carrera en la que me matriculé en 1992, cuando dejé Derecho, decepcionado por la corrupción política de aquellos años. Pero en Filosofía no aguanté mucho porque tuve la intuición de que podría volverme loco de tanto pensar aunque, por supuesto, he leído mucha filosofía después, que me ha servido mucho para orientar mi vida por principios éticos y racionales. En ese marco, hoy, mis dolencias me invitan a una nueva reflexión profunda acerca del por qué y el para qué, y estoy avanzando mucho en la comprensión y en la nueva orientación de mi vida, aun todavía con muchas dudas y a veces dando un paso adelante y dos hacia atrás. En ese sentido, las reflexiones de la charla sobre el miedo coincidieron con reflexiones que yo ya estaba haciendo semanas atrás, por ejemplo. Pero, insisto, siempre me ha costado creer de forma categórica en algo único y concreto y por ejemplo mis lecturas de la Biblia las estoy acompañando de lecturas que la interpretan en su contexto histórico, filológico y teológico. Y en todo soy así, la verdad... Leo, estudio, reflexiono... y sopeso y valoro y mido pero no me atrevo a concluir certezas absolutas porque en otros campos jugamos con realidades materiales que se pueden medir pero en este campo del misterio de la vida sólo jugamos, creo yo, con intuiciones, sensaciones y vivencias a las que muchos han dedicado años de reflexión y explicación pero que luego cada uno tiene que aplicar a su propia trascendencia. Y por eso soy muy cauto a la hora de sacar conclusiones definitivas. En el fondo, esta experiencia está renaciendo quizás al aprendiz de filósofo que también llevo dentro.
No he guiado mi vida sólo por lo racional, afortunadamente, ni antes ni ahora. Lo afectivo y lo espiritual han ocupado la misma proporción porque siempre he pensado (junto con otros pensadores, escritores y sabios)  que el ser humano es una inter-conexión entre mente, cuerpo y espíritu, aunque estoy de acuerdo en que lo espiritual y afectivo es lo que nos llevamos de aquí, aunque hay quien también piensa que lo mental y lo corporal perfeccionan el espíritu. Yo he vivido intensamente en el afecto y en el intelecto y quizás estas dolencias, estos toques de atención, me están diciendo que tengo que completar mi aprendizaje profundizando en lo espiritual que, quizás, era a lo que menos atención prestaba, no por pereza ni por descuido ni por desprecio sino porque siempre he creído en Dios, sea como sea el apellido que cada uno le ponga. Todo lo que me pasaba lo agradecía o lo peleaba por su voluntad o decisión y por eso me despreocupaba de buscar más allá de la espiritualidad cristiana en la que yo creía (también a mi manera, todo hay que decirlo), basada en una fe de amor y no en una religión formal.  Ahora, esto que me golpea también lo filtro de esa manera y por eso, como dije el otro día, resulta más difícil encontrar una respuesta porque el no- creyente sólo tiene una... Y en ese camino estoy, buscando el por qué y el para qué, porque el qué ya lo tengo observado y definido. Y en esa búsqueda del sentido es donde encajo unas propuestas y otras pero, como te decía antes, no sé si llegaré a encontrar certezas o me quedaré con más aproximaciones. Eso sí, aunque sea con esto último estaré más cerca de ese punto de partida o de llegada al que sólo algunos privilegiados consiguen acceder.

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2018
Recuerdo de olvidos y presentes ausencias. Cartas y diario de Sergi Sabater

cartas y diario de sergi sabater| marzo 1994 | 22 años y 6 meses

7 DE MARZO, LUNES
Querido Joaquim...
Tu llamada ha provocado en mí una conmoción que te ha des­pertado de la oscuridad dormida en la que estabas, dentro del recuerdo reprimido en mi inconsciente. Habías pasado ya a for­mar parte de ese lugar del cerebro donde se almacenan las vi­vencias que no se quieren evocar, y mi memoria se había acos­tumbrado a la rutina de olvidarte, en su camino permanente por sobrevivir a los arrepentimientos cotidianos. Es cierto que muchas noches las he pasado casi en vela por revivir los momen­tos que pasé junto a ti, en la soledad de mi habitación, cuando la sombra del día acariciaba el cielo, y su perfume de penum­bras me recogía en la ausencia transportada de los viajes noc­turnos a través de los sueños despiertos. Es cierto también que muchas han sido las noches en que te he traído al espacio redu­cido de mi cuarto con canciones que me hacían pensar en ti, y que he imaginado tenerte sentado frente a mí, escuchando mi canto, mientras una lágrima surcaba mis ojos, por no ser capaz de convertir en realidad mi deseo más oculto y esperado aún.
El veintisiete de febrero del noventa y dos te escribí una carta que nunca llegó a tus manos, porque la dirección que tú me diste entonces no era correcta o bien porque en la oficina de correos de Viana se equivocaron. Aquella carta regresó a mí en lo que fue una señal inequívoca del destino por separarnos. Esa carta, por fin, después de dos años, vuelve a ti y, curiosidades de la vida, en las mismas fechas en que fue escrita. Te la envío jun­to a ésta en su sobre original para que puedas ver que es cier­to lo que te digo. Como podrás leer en dicha carta, yo te contaba que había comenzado a cambiar gracias a ti y que ahora que no estabas a mi lado sentía por ti ese amor que nace de la distancia, del olvido, y que no supe ver cuando estabas conmigo. Me di cuenta de todo poco después de haberte ido, cuando me despertaba por las noches viendo tu imagen y cuando a lo largo del día me des­cubría a mí mismo hablando contigo en soledad conmigo mismo. Pero no voy a hablar de eso ahora. Lo que sí es cierto es que, a partir de entonces, comencé a echarte de menos y, al mismo tiempo, empecé a cambiar mi forma de ser, modifiqué ciertos hábitos adquiridos que no me pertenecían y que enturbiaban mi persona­lidad. Pero no fue un cambio radical, duró siete meses. Fue como un proceso de maduración lento, reflexivo, en que procesé dentro de mí todo lo que impedía vivirme plenamente, sin miedos ni dudas que retrasa­ban mi progreso personal.
Todo eso te lo podía haber contado cuando nos vimos en Madrid aquel día. Tú vivías en Rivas, creo recor­dar, y yo te dejé en casa. Si no lo hice fue por miedo a hacer­te daño otra vez. A veces pienso que en la vida ocurren ciertas cosas que nos deben hacer reflexionar y pasamos por ellas de largo, sin meditar apenas si aquello tiene algún significado que tenemos que descubrir. Creo de verdad que nuestra amistad, nuestro romance, tuvo que tener algún sentido para nuestras vidas. Es más, sigo pensando que todavía no ha llegado el mo­mento de ver qué quiere la vida o Dios de nosotros dos, pero estoy convencido de que algo quiere. Tu llamada del otro día me vuelve a llenar de preguntas sin respuesta.
Pero piénsalo. Has esperado dos años para volver a hablar conmigo y al final te has decidido a hacerlo. ¿Por qué? Porque ninguno de los dos hemos renunciado a mantener viva una amistad que quiso ser algo más y que, por circunstancias ajenas a nues­tra voluntad, quizá, no pudo ser. No sé si el ser humano actúa con libertad plena o si algo más elevado maneja los hilos de sus decisiones, pero sé que las personas y las vivencias que se quedan dentro de uno, que dejan una huella imborrable, permane­cen en nuestro inconsciente, sumidas en un letargo que poco a poco nos va haciendo cambiar, justo cuando termina el proceso de reflexión interna, cuando se ha digerido todo lo que aconte­ció en aquel momento que se vivió deprisa, a golpes de un ritmo que impone la vida actual que no deja mucho tiempo para la asi­mila­ción consciente de las cosas. Tú has vencido tus miedos y quizás me has perdonado el dolor que te causé, y has pensado ahora que no hay motivo para renunciar a algo que todavía puede dar sus frutos, a una relación de amistad sincera y hermosa, ¿por qué no?, que aún en la distancia, mantenga viva la llama de un reencuentro y que comience a ser como quizás entonces quiso la vida que fuera. Yo estoy dispuesto a recuperar el tiempo perdi­do y a ser para ti un amigo de verdad, de los que sufren conti­go cuando tú sufres y de los que se alegran con sinceridad de todo lo bueno que te acontece; no uno de esos amigos con los que hablas de vez en cuando de trivialidades y de cosas sin importan­cia. Siempre quise serlo y ahora que has decidido en­contrarme te digo que mi amistad es tuya si lo quieres. Ayer he paseado por el parque del Templo de Debod junto a un buen amigo mío. Pasábamos por allí de paso hacia otro lugar y entonces me he detenido un momento y le he comentado que allí te recordaba. ¿Te acuerdas de ese parque, al que íbamos de ma­drugada, y nos quedábamos hablando sin salir del coche? Allí, en aquel lugar, los dos nos anudábamos en un abrazo enamorado, del que era difícil desprenderse sin una sen­sación amarga cuando teníamos que marcharnos.
Mi vida ha cambiado bastante. Lo que tú viste fueron los últimos coletazos de una época delineada por la inconsistencia del desorden, por la locura del vivir descabalgado, fuera de mí, ajeno al mundo y desesperado por construir un esquema bien fundamentado que las circunstancias de mi vida habían destrui­do. En noviembre del noventa y dos dejé de ir a Aldintel, rompí con los amigos que tú conociste, y me man­tuve alejado de aquel ambiente hasta que logré olvidarlo y vol­ver a mis orígenes: mi vida en Madrid centrada en mi casa, es­tudiando, con los amigos que aquí tenía, que ahora son más de los que tu conociste. Bruno y Zaida revelaron mi secreto mejor guardado: contaron en Aldintel que yo era gay. Te puedes imaginar cómo fueron los últimos meses que yo estuve allí. Todos me miraban raro, me asesinaban con la mirada, se burlaban de mí a mis espaldas. Poco a poco, Aldintel se fue transformando en un monstruo sin rostro, en un enemigo poderoso, y los fines de semana se hacían insufri­bles, dolorosos. La desidia se adueñó de mí, no tenía ganas de nada, sólo de huir, de marcharme lejos donde nadie me observara, donde nadie me conociera. Sin embar­go, estaba atado porque yo el trabajo lo necesitaba, me hacía falta el dinero. Hasta que ya no pude continuar porque las fuerzas me abandonaban, mi mente en­traba en una fase de locura, mi cuerpo renunciaba a cuidarse… las ganas de vivir, la ilusión por la vida, por mí mismo, se apagaban a pasos agigantados. Decidí contárselo todo a mi madre y pedirle ayuda, pues sin ella me veía forzado a alargar aquella situación denigran­te. Sólo gracias a su amparo pude salir de aquel entorno que me aniquilaba y que desperdició casi dos años de mi vida. Dejé de trabajar en Aldintel y, al no tener trabajo, mi madre tuvo que pagarme muchas deudas y, además, vol­ver a mantenerme como antes. Pero no sólo mi bolsillo estaba destrozado, también mi mente lo estaba. Por eso decidí ir a un psicólogo durante dos meses, para que me ayudara a aclarar mi situación. Me vino muy bien, pues me ayudó bastante a clarificar mis razonamientos y mis sentimien­tos.
Durante el año pasado estuve matriculado en Filosofía pero lo dejé, y este año me he matriculado en Historia, pero también lo voy a dejar. Al cabo de todos estos años me he dado cuenta que cuando abandoné la carrera de Derecho lo hice sólo por la cobardía de no afrontar las dudas y contradicciones intelectuales que me provocaba, porque yo no estaba estabilizado y mi mente estaba ocupada en otras cosas. Pero ahora he visto claro que mi elección estuvo, además, muy condicionada por la voluntad divina. Por eso también pienso que cuando dejé Derecho me rebelé no sólo conmigo mismo y mi entorno, sino que también me rebelé con Dios. Y ahora, pasado este tiempo, me doy cuenta de las estupideces y equivocaciones que podemos co­meter cuando nos dejamos arrastrar por los problemas y los mez­clamos con nuestras seguridades. Esa es la lección que he aprendido: jamás volveré a mezclar los problemas porque de esa manera tu vida se paraliza. Así que el próximo curso volveré a estudiar Derecho, y si no me lo conceden, Ciencias Políticas.
Yo no estoy ahora con nadie. En estos años he tenido más relaciones, pero ninguna ha cuajado más allá de dos meses. Creo que se va a convertir en una constante de mi vida, pero la ver­dad es que no me preocupa, porque tengo muchas cosas con las que llenar mi existencia, muchas inquietudes y muchos amigos a los que quiero y cuido como se merecen. Bien, creo que ya voy a dejarte. Para ser la primera carta te he contado bastantes cosas. De todas formas te volveré a escribir y ya te iré contando más. Pero lo que quiero es que tú también me escribas, o por lo menos, me llames por teléfono de vez en cuando. No me abandones ahora que hemos vuelto a comuni­carnos si crees, como yo, que nuestra amistad puede seguir viva y a los dos nos hace bien. 

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1994
Recuerdo de olvidos y presentes ausencias. Cartas y diario de Sergi Sabater

cartas y diario de sergi sabater | noviembre 1993 | 22 años y 2 meses

6 DE NOVIEMBRE, SÁBADO
Querido Derek…
He adoptado la costumbre de escribir a mis amigos, de vez en cuando. Las palabras se las lleva el viento, sólo quedan las ideas y, así, los matices olvidados fragmentan la percepción del cuadro. Cuando escribo ante un folio blanco quien habla soy yo, sin matices desvirtuados por la urgencia del momento cotidiano.
¿Cuánto hace que somos amigos? ¿Hay amistad entre noso­tros? Son preguntas que me hago. Creo que sí lo somos; yo, al menos, así te considero y, como además deseo seguir siéndolo, es nece­sa­rio que te confiese algo. Lo hago motivado por la úni­ca cer­teza que tengo: eres mi amigo y ha llegado el momento de que conozcas toda mi verdad, pues si no nos conocemos, difícil­mente podemos llamarnos amigos.
Si en lo sucesivo queremos seguir afianzando nuestra amis­tad, no debe haber lugar para misterios ni reservas a la hora de confesar nuestros miedos, ni medias verdades, ni dudas para confesar nuestros recelos. Y espero que, después de leer esta carta, no te encierres en nada de esto.
Mi querido amigo, yo soy gay. Esa es mi verdad. Perte­nezco a esa inmensa minoría del diez por ciento de la sociedad que dicen que somos. No sé si lo soy en un sesenta, un ochenta o un cien por cien. He tenido relaciones sexuales con mujeres, también, y he dis­fruta­do con ellas. Pero sé que disfruto mucho más con un hom­bre que me guste que con una mu­jer que me gus­te. Me costó mucho tiempo aceptarlo pero hoy lo tengo asumido. Y como soy feliz así, no tengo nada de lo que avergon­zarme o arrepentir­me. No sé por qué lo soy ni desde cuándo, y no me importa en absoluto no saberlo. Sólo sé que lo soy y que me siento muy a gusto conmigo mismo.
Tengo amigos que jamás se lo contarían a sus mejores ami­gos. Yo no puedo ser como ellos. Todo, es verdad, depende de la per­sona y de las circunstancias. No me gusta proclamarlo a los cuatro vientos pero que nadie me pida que se lo oculte a todo el mun­do. A la gente que me rodea, a la gente que quiero, no puedo engañarles ni fingir una personalidad que no tengo. No es ése mi juego. A veces, por ser sincero, he perdido amigos pero mi conciencia se ha quedado muy tranquila porque he cumplido ­como tiene que hacerlo aquel que, respetando, quiere que le res­pe­ten. Si yo no me respeto a mí mismo, ¿a quién puedo pedir­le que lo haga?
Ahora que ya me conoces, de verdad, es posible que te asalten dudas o preguntas, o quizá no. En cualquier caso, yo me sigo ­considerando tu amigo, siempre que tú no tengas inconve­nien­te. Mi obligación moral era contártelo, y eso es lo que acabo de hacer. 

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1993
Recuerdo de olvidos y presentes ausencias. Cartas y diario de Sergi Sabater



sábado, 10 de febrero de 2018

cartas y diario de sergi sabater | febrero 2007 | 35 años y 5 meses

9 DE FEBRERO, VIERNES
Querido Javi…
Esta mañana sentí tu ternura de golpe cuando, al otro lado del teléfono, tu voz se despertaba y la mía se iba adormeciendo. Me hablabas con ese cariño tan cierto al que me tienes acostumbrado y esbozabas una sonrisa en mi cara cuando me ibas relatando los avatares de tu pronta mañana. Yo desgajaba una mirada cómplice y enamorada al escuchar tus palabras, tus ocurrencias, tus expresiones de niño travieso y divertido. Es ahí cuando reconozco el amor que te tengo y la calma feliz a la que me has conducido poco a poco. Me contabas que habías hablado con tu madre, que ella te había llamado, por fin, después de un tiempo, y que se encontraba a gusto con su nuevo trabajo. Tú sentías que su voz era sincera y percibías que esta nueva vida que ha comenzado en Estados Unidos le está devolviendo la energía que, quizás, había ido perdiendo con el paso rutinario de los años. Deseé con fuerza en ese momento que, algún día, ella pudiera venir a Madrid para conocernos, para que fuera testigo de lo que tú  y yo hemos ido consiguiendo.  Después me contabas cómo te había levantado de la cama el fontanero que está intentando arreglar la avería que hay en el piso de abajo y la actitud agresiva y recurrente de la vecina que tanto te incomoda con su vejez despistada. A pesar de lo que, a veces, te molesta, tú la entiendes porque tienes esa bondad y comprensión con los ancianos. Al final, después de hablar más veces por teléfono, viniste a casa a buscar unas herramientas para colgar de nuevo ese espejo que tanto tiempo lleva esperando retomar su puesto. Nos despedimos con un corto beso y, después, me di cuenta de que esta vida tan desordenada que llevo, a veces nos impide dedicarnos más tiempo. Esta mañana estoy inmerso en diversas cavilaciones que me tienen un tanto descompuesto. No como bien, no duermo, pero estoy barruntando un cambio que lleva años esperando dejar de ser un sueño, y ahora que tu amor ha sentado las bases de mi centro de gravedad permanente, como dice Franco Battiato en una canción, creo que ha llegado la hora de ser valiente y abandonar por fin los miedos que durante tanto tiempo me han impedido llevar a cabo con firmeza y constancia la vocación que tantos desvelos y horas perdidas ha impuesto a mi vida. Ahora que ella se ha serenado y ha encontrado en ti su puerto más sereno, es el momento de saber hasta dónde todo lo que aprendí tenía su objetivo en un solo proyecto. 

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2007
Recuerdo de olvidos y presentes ausencias. Cartas y diario de Sergi Sabater

viernes, 9 de febrero de 2018

cartas y diario de sergi sabater | noviembre 2004 | 33 años y 2 meses

15 DE NOVIEMBRE, LUNES
Querido diario…
Regreso a la Universidad. Espero pacientemente la inmensa cola que hay para solicitar la matrícula. No fumo. No sé cómo lo he hecho pero en los dos últimos días sólo he fumado ocho cigarrillos. Si logro dejar pasar entre uno y otro un mínimo de tres o cuatro horas, lograré fumar sólo cuatro o cinco cigarrillos al día. Vale la pena intentarlo. Quizás, algún día, me canse yo solo de fumar tan poco y lo deje definitivamente, sin apenas darme cuenta. Leo profusamente el periódico. Sé que algunos me miran raro y se preguntan quién puede tener tanto interés en leer todas las noticias de la sección de Internacional. Entablo conversación con un chico muy simpático que está justo detrás de mí.
Me río yo solo por dentro. Después de iniciar tantas carreras, al final, vuelvo a los orígenes. Me matriculo de nuevo en Derecho. Esta vez con una vocación renovada, la misma que tenía hace catorce años, la primera vez que me matriculé. Algún día tendré que desentrañar con un psicólogo el motivo por el que en tantos años no he logrado finalizar una carrera universitaria, teniendo no sólo vocación para estudiar sino, además, para investigar.  He recuperado también mi vocación política. Un día de éstos tengo que plantearme de nuevo mi reingreso en el PSOE. Ser miembro de Amnistía Internacional y de Greenpeace no es suficiente. Me vuelvo a reír. ¡Qué paradoja volver a los inicios después de catorce años! Comparto con Javi la ilusión de matricularme en Derecho. En realidad, yo creo que vuelvo a esta carrera por mis amigos. Me gusta ayudar asesorando. Siempre me ha gustado estar informado para poder informar. Casi todos mis amigos me consultan sobre cuestiones jurídicas, así que estudiar Derecho me permitirá aprender, al mismo tiempo que echarles una mano cuando lo necesiten.

16 DE NOVIEMBRE, MARTES
Querido diario…
Hablo con Lluc más de media hora. He estado todo el día pensando que lo tenía que llamar porque creo que el sábado se molestó un poco conmigo. Curiosamente, él me dice que también ha pensado mucho en mí hoy, sobre todo porque anoche estuvo retocando una fotografía que nos hizo a Javi y a mí hace unas semanas. Entre Lluc y yo siempre ha habido telepatía. No le comento nada acerca de mi sensación del sábado.  La fotografía que nos hizo fue en su casa, una mañana de chillout, estando los tres solos.  Aunque a Javi le gustaba otra en la que salíamos juntos con otros amigos, a Lluc le ha parecido mejor hacer un retoque digital sobre ésta, en la que aparecemos los dos solos. A mí también me parece mejor. Me llama la atención que haya estado trabajando sobre una fotografía nuestra. Eso demuestra que ya le parece creíble mi relación con Javi. Al principio le costó admitirlo, creo. En la nueva fotografía que ha creado, según me explica, aparezco con una parte del cuerpo quebrada, al lado de Javi. Nuestra posición en la fotografía la ha respetado. Esa parte quebrada de mi cuerpo representa la ruptura y el dolor de mi corazón, que viene de una relación fracasada. Mi sonrisa al teléfono, mientras le escucho, no oculta la verdad de lo que está describiendo. Al lado de Javi entro en un paraíso vegetal, que se abre al fondo de nuestros cuerpos. Lluc dice que con esa imagen ha querido representar mi entrada en el jardín del amor. «Es como el retorno al Edén», dice, lo que me recuerda una serie de televisión australiana que yo seguía de pequeño en la que la protagonista sobrevive a un intento de asesinato por parte de su marido. Es curioso cómo Lluc ha captado a la perfección lo que estoy viviendo con Javi. Efectivamente, vengo del fracaso del desamor con aquél y encuentro en éste la ilusión y la certeza de creer, de nuevo, en el amor. Y lo que es más importante, la extraordinaria vivencia de ser correspondido en la misma medida. 

17 DE NOVIEMBRE, MIÉRCOLES
Querido diario…
Javi ha estado enfermo durante todo el día. Después de estar el martes por la noche en mi casa, al llegar a la suya, comenzó a tener vómitos y malestar de estómago. No pudo dormir y tampoco pudo ir a trabajar. Los síntomas que tenía eran muy extraños. No respondían a una causa inmediata y lógica. Estuve muy preocupado durante la madrugada y al hablar con él, a las siete de la mañana, pensé en ir a cuidarle y hacerle compañía, hasta que por la tarde fuera al médico. Pero él no quiso porque sabe que tengo problemas con el sueño y necesito descansar para trabajar bien durante la noche. Además, tenía que ir a la Universidad a hacer una gestión improrrogable. Aun así, me acosté con la conciencia intranquila. Está viviendo solo en un piso compartido y si le pasara algo, yo no me lo perdonaría. Al final, no pude dormir bien. Me desvelé en cuanto llegué a casa y no pude conciliar el sueño hasta bien entrado el mediodía. Hablé con él por última vez a las ocho y media de la mañana. Había pedido ya cita para el médico y había hablado también con la empresa en la que, precisamente, hoy comenzaba a trabajar. Antes de quedarme dormido, le envié un par de mensajes. Cuando me desperté por la tarde, a las siete, le pregunté qué le había dicho el médico, pero no recibí respuesta. Me quedé otra vez dormido y a las nueve de la noche hablé, por fin, con él. Al médico también le parecían muy extraños los síntomas, pero dedujo que padecía una gastritis. Le recetó un medicamento y una dieta blanda. A pesar de echarle una pequeña bronca por haberse olvidado de pedir el justificante para el trabajo, su voz tierna de niño, sus quejas en un tono a la vez sonriente y lagrimoso, terminaron por vencer mi preocupación y esbozaron en mi mejilla una sonrisa que, enseguida, se convirtió en carcajada. Javi se sorprendía de mi tono paternalista y severo, y decía que le estaba echando una buena reprimenda, pero que eso demostraba que le quería y me preocupaba sinceramente por él. En su defensa por el olvido del justificante, argumentaba que cuando cae enfermo se vuelve despistado y que la tontería del malestar le vence todas las fuerzas. Echaba de menos a su madre cuando le cuidaba. Pero al final de la conversación me dijo que, en cuanto me viera, me besaría porque me amaba y porque estaba muy pendiente de él. Al colgar el teléfono no pude reprimir una lágrima. Javi me ha ganado el corazón.

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2004
Recuerdo de olvidos y presentes ausencias. Cartas y diario de Sergi Sabater