sábado, 14 de octubre de 2017

poema | a veces regresas

A Antonio Díaz Mena

Fue tu vida                                                    
un sereno camino                                         
hacia la muerte.                                                        

Aprendiste en ese viaje                                            
a aceptar un destino,                                    
el tuyo,                                                                     
que se presentó de golpe                                          
aquel once de octubre.                                             

Las miradas se dolieron                                           
a lo largo del día                                          
en un imposible destello                              
de duda, rabia y contención.                                    

¡Qué dolor, tan extraño y vacío,                                          
recorrió mi universo de sueños,                                          
sinsentidos y agonías!                                              

Mentes en blanco, miedos,                          
y a pesar de todo,                                         
nuestra lucha continúa.                                            

Horas ahogadas, enterradas,                        
ya en la memoria.                                         

Sensación de viaje,                                       
sueño, a través de la niebla.                         

A veces regresas,                                          
un momento tan solo,                                              
y un grito desgarrado                                   
sucumbe a la evidencia.       
                                  

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1989
La estancia del mate. Poemario I    


lunes, 9 de octubre de 2017

mi reflexión | parlem, que ja va sent hora

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Tras la masiva manifestación de Barcelona algunos medios ya se han apresurado a cantar victoria, hablando del fin de la hegemonía del independentismo, obviando que una gran cantidad de manifestantes procedían de fuera de Catalunya, mientras que los independentistas movilizaron el uno de octubre a más de dos millones de personas. Yo no mostraría tan ufano una victoria que se puede volver pírrica a la vuelta de la esquina, en cuanto el independentismo recule y se reorganice mejor para dar la próxima batalla -que será larguísima- en el entorno europeo e internacional. Veremos a ver qué efecto rebote tiene la agitación de la bandera española en calles y balcones en esta cadena agresiva de acción-reacción en la que están sumidos Gobierno central y Govern autonómico. Las pistas ya las ha dado el expresident Artur Mas, al señalar que Catalunya no tiene todavía los instrumentos efectivos para hacer real la independencia, haciendo un flaco favor a la causa independentista, reconociendo por un lado su falta de previsión y anticipando, por otro, estrategias de futuro. Creo que a Mas, por su imprudente locuacidad, le espera algún destino diplomático en alguna de esas delegaciones que la Generalitat tiene repartidas por Europa.

Difícil será a partir de ahora que el independentismo ahuyente el miedo a un corralito financiero o a cualquier otra medida de excepción económica que ya estará pergeñando el Gobierno central con las grandes corporaciones a las que sirve fielmente desde su llegada a La Moncloa. En su estrategia coordinada con los mercados, la primera señal fue el discurso del Rey, con el guiño al Ejército, y la segunda fue la estampida de las sedes sociales de grandes empresas y bancos para asustar a los inversores, con decreto exprés incluido. Es la estrategia del miedo que ha funcionado a la perfección cuando algún país ha querido inquietar al gran capital y es la estrategia a la que se pliegan los gobiernos de esas mercadocracias en las que vivimos en el sur de Europa. Si tan efectivos resultaran ahora el rey Felipe VI y unos cuantos grandes empresarios trasladando su sede social fuera de Catalunya, ¿a qué ha esperado Rajoy tantos años para activar este mecanismo que, según algunos, va a desactivar el independentismo en un santiamén? ¿No será que, a falta de ETA, bueno era el procés para recuperar voto perdido de la abstención, de la derecha extrema (Vox y otros) y de la derecha joven (Ciudadanos), que ante un ataque a la sacrosanta patria volverían al redil del PP? Es evidente que, tanto la antigua CDC como el PP han tensionado la cuerda del conflicto para obtener réditos electorales para tapar sus respectivas corrupciones; aunque eso por sí solo no explica que más de dos millones de catalanes se sumen a esa estrategia y, por tanto, es evidente que hay un problema político y social de fondo que viene agrandándose desde el recurso de inconstitucionalidad del PP contra el Estatut. El conflicto, además, ha sido vehiculado principalmente por organizaciones de la sociedad catalana, a la que han prestado orientación y dirección los tres partidos que suman en el Parlament la mayoría absoluta para defender la opción independentista. Sólo un inútil o un perverso al frente de La Moncloa podía dejar enquistar este problema hasta que fuera motivo de enfrentamiento en las calles, que es lo que ha sido hasta ahora de una manera más o menos pacífica pero, me temo, que lo será menos de aquí en adelante. Sólo el interés electoralista del PP, insisto, explica semejante irresponsabilidad porque, gracias a esa inacción de años y a la bravuconada respuesta de última hora, antes teníamos un problema que se llamaba "referéndum consultivo" y, ahora, tenemos uno nuevo que se llama "independentismo catalán".

En su exaltación patriótica (esa que defiende la patria con la bandera y la cartera con la evasión) hemos visto rebrotar en unos días el nacionalismo español (que existe y que es tan peligroso como cualquier otro nacionalismo) que se oculta entre muchos de los votantes del centro-derecha y del centro-izquierda, nacionalismo que fue convenientemente inoculado en los libros de Historia por los agiógrafos de Franco, libros que transmitieron a unas cuantas generaciones las ideas torcidas de una España grande y libre que no existió más que en la fantasía de los vencedores de la Guerra Civil. Cuesta mucho tiempo desterrar ideas torcidas, máxime cuando éstas se enquistan en la infancia y son transmitidas como prueba irrefutable, como norma derivada de algún tipo de Derecho natural o divino. De aquellos polvos, estos lodos, y la herencia recibida del franquismo sociológico que anida en la llamada "gente de bien" se manifiesta hoy envuelta en la bandera española al grito de "yo soy español, español, español", aunque ser español sea hoy también lamentable sinónimo de trabajador pobre, niño desnutrido, hipotecado deshauciado, desempleado de larga duración o exiliado económico. Desde hoy ya podemos hablar del "tripartito de la rojigualda": PPSOEC'S. Causa inquietud comprobar cómo una disputa territorial, inteligentemente tensionada por partidos gubernamentales corruptos, saca a la calle a millones de personas mientras sus derechos económicos y sociales son lesionados permanentemente por los recortes a uno y otro lado del Ebro.

En su discurso a los congregados en Barcelona, el ya español escritor peruano Vargas Llosa repetía la machacona fantasía de los quinientos años de Historia de nuestra patria, Historia que debería saber que nunca fue tan avenida como la derecha española quiso ver siempre en el relato que sentaba las bases de una ideología que tenía origen y destino en la fundamentación y consistencia de Dios, la patria y el Rey. La unidad de España nace en la Edad Moderna a finales del siglo XV con el matrimonio entre la reina de Castilla y el rey de Aragón, pero es una unidad política fundamentada principalmente en la unidad de acción exterior, pues ambos reinos conservarán hasta el siglo XVIII instituciones políticas, judiciales y financieras propias, con sus correspondientes competencias, y por supuesto su ordenamiento civil, sus lenguas y sus costumbres culturales y sociales. En diversos períodos de esa Historia común hubo, además, momentos de encuentros y desencuentros y tensiones entre unos y otros territorios agrupados en la Corona de Castilla, León, Aragón y Navarra, pues los monarcas no se intitularon oficialmente como reyes “de España" hasta la coronación de José Bonaparte en 1808. Es en el siglo XIX cuando, de la España liberal de las Cortes de Cádiz, surge por fin la nación española, esa que termina por derribar las últimas aduanas comerciales interiores entre los territorios de los antiguos reinos peninsulares. Sólo he visto a un cargo público del PP, Alberto Ruiz-Gallardón, reconocer que la nación española, en puridad, tiene poco más de doscientos años, tal y como demuestra la historiografía a la que uno accede, lamentablemente, en la enseñanza universitaria y no en la secundaria.

Este recordatorio sirve para tener en cuenta que la construcción de España es y será todavía tema de discusión mientras la derecha no reconozca que el mito de nuestra patria común e indivisible no es tan sencillo y hermoso como ella lo pinta y que hay sentimientos propios arraigados durante siglos en la cultura política y social de esos territorios que durante siglos disfrutaron de cierta autonomía en la monarquía federal de los Austrias y que se incorporaron al Estado liberal decimonónico, como no podía ser menos, sin renunciar a ese orgulloso pasado que les hizo formar parte de una Corona, la de Aragón, que no tuvo nada que envidiar a la de Castilla (más bien lo contrario) hasta el matrimonio político que selló el destino común de ambos reinos. Ese pasado histórico configura la esencia de nuestro Estado autonómico y cuando en alguno de esos territorios, como el de Catalunya, casi un ochenta por ciento de ciudadanos quieren expresar una opinión en las urnas, y casi el cincuenta por ciento quieren, además, irse de España, no se puede mirar para otro lado y repetir machaconamente con un ejemplar en la boca: "es que, mire usted, la Constitución no lo permite". Parlem, que ja va sent hora, para que ese diálogo fructifique en una España más sensible, más inclusiva y más avanzada. Catalunya siempre ha puesto encima de la mesa, antes que otros territorios, sus criticadas demandas, algunas de las cuales, después, se han demostrado efectivas y eficaces, sumándose detrás todos los que en principio las despreciaban. Quizá, después de tantos años dándole vueltas al asunto, tengamos que agradecer a esos catalanes que demandan el derecho a decidir con insistencia una reforma constitucional profunda de la que todos los españoles salgamos beneficiados, porque cuando Catalunya avanza, con ella avanza también España, mal que le pese a esa derecha rancia que, como siempre, en estas cuestiones se mueve sólo arrastrada por los acontecimientos o por otra mayoría de gobierno.


miércoles, 4 de octubre de 2017

mi reflexión | salvar al soldado rajoy

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extremadura progresista

Art. 56.1 de la Constitución española: “El Rey (…) arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones (…)”. Después de cotejar este apartado con el discurso que el Rey ha ofrecido a las 21 horas de ayer, tres de octubre, podríamos afirmar que el monarca ha abdicado de sus funciones -sin serlo- más políticas, las únicas que le concede la Constitución en las que puede desplegar toda su autonomía personal, todo su bagaje formativo, toda su agenda de contactos y todo su don de gentes -si es que lo tiene-. Dada la gravedad de la situación a la que nos ha conducido en último término el presidente Rajoy, el Rey muy bien podría haber ejercido el papel de árbitro y moderador entre instituciones -Gobierno y Govern- que le concede la Constitución. Pero, en lugar de eso, se ha dejado influir una vez más por el Gobierno, poniéndose de perfil ante el sentimiento de la mitad de un territorio -que ya es mucho- que cuestiona su permanencia en España y ante el sufrimiento de casi todos los catalanes, que han visto en las últimas semanas sus instituciones políticas intervenidas y, sobre todo, sus gentes maltratadas a porrazos en las calles. No es éste el Rey de todos los españoles que nos prometió en su coronación. Sin hacer dejación de sus funciones constitucionales el monarca podía haber ofrecido en su discurso una puerta al diálogo, una mano tendida a la negociación con la Generalitat o, en último caso y fuera de cámara, una intermediación secreta delegada que, al final, habrá que derivar en alguna figura internacional o de renombre político o social. En lugar de eso, se aprendió de memoria el discurso que le había preparado el Gobierno, un discurso de parte con el que -y esto es lo grave- se enfrenta a una parte considerable de catalanes que, de aquí en adelante, trabajarán mucho más por la causa independentista. Si a la torpeza gubernamental del uno de octubre sumamos la argucia salvífica de ayer, la grieta se agranda porque no estamos hablando de unos cuantos miles de enajenados sino de unos tres millones de ciudadanos convencidos, que irán en aumento con los años.

Pero, en mi opinión, lo peor de todo es la ingenuidad o falta de sagacidad con la que Felipe VI ha quedado atrapado en las redes de Rajoy, animal político acostumbrado a ver caer a todos sus adversarios mientras él no toma nunca iniciativa alguna, dejando que sean los demás quienes muevan ficha. Es una estrategia legítima, desde luego, pero muy arriesgada que, por avatares del destino, puede hacer que algún problema tome un cariz inesperado, como ha sido el catalán, con la nefasta intervención de las fuerzas de seguridad estatales el uno de octubre. Por supuesto que Rajoy no ha sido el único pirómano pero él, como presidente de todos los españoles, representa a más millones de personas y tiene la obligación -para eso le pagamos- de prevenir y solucionar los problemas, no de dejarlos pudrir o, como en este caso, incrementarlos. No ha habido en nuestra reciente democracia ningún presidente de Gobierno tan incapacitado para ejercer una de las funciones primordiales de cualquier primer ministro: dirigir la política interior y exterior del país con luces largas, anticipándose a los conflictos para -ante todo- evitarlos a toda costa. Ningún presidente medianamente inteligente se hubiera amparado sólo en la Constitución y en la ley para negar la soberanía de un territorio autonómico. No es cosa menor y, ante esa pretensión, cuando todavía no era defendida por la mitad de la sociedad catalana, tendría que haber propuesto una comisión interparlamentaria entre Congreso y Parlament para discutir sobre esa reclamación y, por encima de todo, sobre el encaje en España de la nueva Catalunya post-Estatut. Ya sabemos que el derecho de secesión no está reconocido en la Constitución y, por tanto, no es legal ejercerlo pero, precisamente por eso, un buen gobernante habría hecho todo lo posible para evitar que una parte de su población considerara esa prohibición constitucional ya anticuada y obsoleta, amenazando con desbordarla ante la inacción del Estado por escuchar sus demandas, plasmadas en un nuevo Estatut o en otra fórmula de encaje territorial. Rajoy, por su indolencia natural y su desgana genética, se ha tomado el asunto a broma y eso es inadmisible en un primer ministro decente, como lo fueron por ejemplo los de Canadá y Gran Bretaña ante el reto separatista de Quebec y Escocia.

Pero, como decía antes, lo más grave es la ingenuidad o falta de sagacidad con la que Felipe VI se ha inmolado para salvar a Rajoy. Su discurso no es más que el anuncio de la intervención manu militari de Catalunya por la vía del 155 de la Constitución, si el Govern proclama la independencia. Pero resulta que Puigdemont ha dejado unos días para negociar in extremis, pues ha declarado a la BBC que la independencia no se declararía hasta el fin de semana o principios de la semana que viene. Estamos ante los gestos desesperados de dos instituciones en conflicto, Gobierno y Govern, una dirigida por inútiles y otra conducida por locos, pero quien pondría las armas es el Gobierno… el Govern sólo pondría las víctimas. Y aquí es donde Felipe VI tendría que haber frenado a Rajoy pues, si se consuma la intervención militar y hay víctimas, la sangre de los catalanes escupirá directamente a la Corona, pues fue ella y no el Gobierno quien salió por televisión a decirnos que “es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional”. Los poderes del Estado son el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. El Rey es el Jefe del Estado, el símbolo de su unidad y permanencia (art. 56.1 CE), pero el Rey no ejerce ningún poder, sólo asume la más alta representación del Estado y otras funciones, todas sin poder, sólo con autoridad. ¿Por qué, entonces, sale el Rey a dar un aviso que a él no corresponde, pues no es poder del Estado? El 23-02-1981 fue distinto porque el Ejecutivo y el Legislativo estaban secuestrados por la Guardia Civil en el Congreso. Creo que Felipe VI ha caído en las redes que, como en otras ocasiones de nuestra Historia contemporánea, tendieron algunos políticos a los Borbones -que dejaron de escuchar otras voces autorizadas- y que tuvieron como consecuencia exilios, golpes de Estado, abdicaciones o revoluciones. Me temo que, de producirse una intervención militar, la Corona, como en la novela de Agatha Christie, será el último negrito en caer asesinado y Felipe VI tendrá que emprender el camino que siguieron su tío materno y su bisabuelo paterno: el exilio.

Ante este sombrío panorama, creo que no hay más salida que un referéndum pactado y muchos esperábamos un anuncio parecido en el discurso del Rey. La Constitución española lo permite. Pero, en lugar de eso, Rajoy, convencido o atrapado por la derecha más retrógrada, se niega a consultar a los catalanes la opinión sobre su pertenencia a España, una consulta que está pidiendo una mayoría muy cualificada en Catalunya, sean independentistas o no. Cualquier gobernante serio entendería que tiene un serio problema en ese territorio. Rajoy no, Rajoy sólo ve hilillos negros, como cuando echó un vistazo al hundimiento del Prestige. Después de la repercusión internacional de la desmedida intervención policial del 1-O, el “domingo sangriento” que tituló un periódico británico, ya tenemos la primera consecuencia del tirón de orejas que le habrán ido dando a Rajoy por teléfono algunos de sus homólogos europeos. La consecuencia es la operación diseñada en La Moncloa para salvar al soldado Rajoy: que salga el Rey a dar la cara contra Catalunya, aunque no le corresponda stricto sensu, y allá se las componga la Corona después con la mitad de los catalanes que le responsabilice a ella de haber dado la señal al Ejército.

lunes, 2 de octubre de 2017

mi reflexión | 1-O: punto de partida

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la casa de mi tia
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Al conectar la radio el domingo a las ocho de la mañana escuché, sorprendido, que los Mossos de Esquadra se estaban limitando a tomar nota de la situación en los colegios electorales de Catalunya pero no los estaban cerrando. "Ha ganado el sentido común", me dije, "ahora que voten y mañana ya se verá". Al cabo de una hora, en el coche, escuchaba por la radio la primera entrada agresiva de la Policía Nacional en un colegio de Barcelona. Me sorprendió desagradablemente el cambio brusco que había dado el panorama en una hora y pensé que esas órdenes eran el gesto del Gobierno a su electorado de extrema derecha. Es la herencia recibida que tanto le gustaba citar a Rajoy pero, en este caso, la de sus arraigos franquistas, esos mismos que, al acabar el servicio militar, le movieron a vestirse una camisa azul y acudir a un cuartel de la Guardia Civil mientras Tejero y sus secuaces entraban a tiros en el Congreso de los Diputados el 23-02-1981, según contaba un periodista en el programa especial de La Sexta. La Historia es lo que tiene, que lo explica casi todo...

Según fue avanzando la mañana, con esas visitas tan poco amigables de policías nacionales y guardias civiles a colegios electorales, caí en la cuenta de que era el Gobierno central, con su torpeza habitual, el que estaba dando relevancia jurídica a un acto que, según el Tribunal Constitucional, había sido suspendido y que, según el ordenamiento jurídico español, carecía de toda legalidad. Entonces, me pregunté, ¿por qué envían a las fuerzas de seguridad del Estado? Es una contradicción que beneficia a quien convoca el referéndum. Para evitar las cargas policiales contra población pacífica e indefensa lo lógico hubiera sido permitir que el 1-O los catalanes se expresaran en las urnas -al fin y al cabo un paripé, que decía el ministro del Interior- y que después el Gobierno central hubiera comparecido para recordar a la Generalitat la ilegalidad del proceso y proceder a la detención de cargos  públicos e intitucionales que hubieran participado en la ejecución del referéndum. O, en todo caso, esperar a la declaración ilegal de independencia para enviar, entonces sí, a las fuerzas de seguridad o al propio ejército pues se estaría cometiendo un acto contra la soberanía de la nación española. Pero lo fácil, como siempre, es actuar contra el pueblo ya que, como dice el dicho popular, "entre delicuentes se entienden". Estamos ante dos gobiernos radicales que llevan años retroalimentándose y cosechando votos a cuenta del enfrentamiento territorial, aunque no hay que olvidar que los pirómanos que encendieron la mecha fueron quienes ahora nos gobiernan, primero con aquel boicot a los productos catalanes y, luego, con el recurso al Estatut de Catalunya; norma política que, no lo olvidemos, contenía artículos que fueron calcados por los estatutos valenciano y andaluz y que, sin embargo, en éstos no se han recurrido. Un agravio más para los catalanes...

Cuantas más cargas policiales veíamos en las redes sociales más se cargaban de razón los independentistas y, ahora sí, el conflicto quedaría internacionalizado a partir del 1-O. Daba la impresión de que, imitando a las repúblicas bananeras, los españoles padecíamos una monarquía tomatera. Como muchas otras veces en nuestra Historia, la derecha creaba un  problema para intentar solucionar otro. En este caso, si antes teníamos un conflicto por el derecho a decidir, ahora tenemos un conflicto nuevo y más complicado, el derecho a la independencia que proclamarán hoy muchos más catalanes que ayer, gracias a la incompetente idea de entrar en los colegios electorales a la fuerza, humillando el sentimiento catalán, que siempre ha sido inconformista con el poder establecido. La Historia se repite y otra vez la España centralista, patriótica y monárquica humilla el autogobierno y las instituciones catalanas, un agravio más en la lista para la convivencia entre las dos naciones. Claro que, como estamos huérfanos de estadistas y políticos instruidos en Historia, así nos luce el pelo y así se toman las decisiones, sin medir las consecuencias que tendrán al día siguiente. ¿Cree algún político español sensato que, ahora, a los políticos independentistas catalanes -que hoy habrán sumado unas decenas de miles de seguidores- les bastará con una reforma constitucional o un Estado federal? Con la torpe y agresiva actuación policial se ha sobrepasado un límite que no cabe en una democracia moderna y digital del siglo XXI y estas heridas, en contra de lo que cree mucha gente, no cicatrizarán salvo que se ofrezca mucho más de lo que pedían los defensores del referéndum, que tan solo era la posibilidad de expresar su derecho a decidir; parada en el camino a la que se ha llegado, no lo olvidemos, porque en La Moncloa reside un indolente que ha dejado enquistar el problema hasta que ha reventado y no ha tomado una sola iniciativa dialogante con el Govern durante los últimos años. Su herencia recibida se lo impedía y su cuota facha de votos, también.

La consecuencia inmediata de esta inacción, que ha llevado finalmente a esta reacción autoritaria y desproporiconada del Gobierno central, debería ser la presentación de una moción de censura contra Rajoy por parte de la oposición, liderada en este caso por el PSOE y el PNV (clave en lo que sucederá en los próximos días), pues quien nos ha traído hasta aquí y quien ha agrandado un problema que podía haber encontrado solución en un diálogo interparlamentario entre Congreso y Parlament,  no está legitimado para seguir al frente del Gobierno de la nación pues no va a hacer otra cosa que añadir más leña al fuego. O moción de censura o dejar de apoyar al Gobierno central en las medidas que quiera emprender ahora para afrontar el procés catalán, convertido ya en auténtico problema. Si Pedro Sánchez quiere sobrevivir a su resurrección no tendrá más remedio que tomar partido y situarse, ya sin ambages, de frente a Rajoy en este asunto, pues a partir del 1-0 la independencia de Catalunya será el quebradero de cabeza de la política española durante muchos años y sólo un Gobierno central que pacte un referéndum consultivo -que dé lugar posteriormente a la negociación de un nuevo encaje catalán en el Estado español- solucionará el conflicto para unas cuantas generaciones. O eso o una reforma constitucional mucho más profunda y ambiciosa que cualquiera de las que nos pudiéramos imaginar hasta el 1-O-17.

Lo más grave es, sin embargo, la fractura social que se ha ensanchado entre esa mitad de catalanes independentistas -que hoy habrá aumentado- y el resto de España, representada en las fuerzas de seguridad estatales. Una fractura que ya no tendrá solución quirúrgica y que afecta no sólo a gran parte de la juventud catalana -esa juventud que en diez o quince años gobernará la Generalitat- sino que afecta a estratos transversales de la sociedad  y que todos hemos visto en esos colegios electorales donde se mezclaban ciudadanos de todas las edades. Lo dijo un comentarista: "no es la kale borroka vasca, es la clase media catalana" la que se está manifestando contra la permanencia en el Estado español. Con la inoportuna intervención policial de Rajoy esa clase media catalana está ya, definitivamente, desconectada de España.

Las posturas de la Iglesia catalana y española también aventuran que acaba de internacionalizarse el conflicto y que, ahora sí, comienza el verdadero lío -en feliz expresión de Rajoy- pues las denuncias de la Generalitat contra España en órganos internacionales y europeos transformarán lo que era un conflicto local en uno trasnacional. La UE, por fin, tendrá cumplida información de lo que acontece en verdad en una parte del Estado español y ya no sólo por parte de representantes institucionales sino de organismos civiles y asociaciones culturales. Hoy se inicia el verdadero camino que conducirá a la independencia catalana, hoy se ha dado el salto definitivo que querían Junts pel Sí y la CUP y eso es lo que, torpemente, les ha concedido Rajoy: causa, mártires y vídeos, todos los ingredientes necesarios para internacionalizar el conflicto catalán, que podía haberse mantenido en conflicto nacional de haber actuado por la fuerza el Gobierno central sólo en caso de declaración ilegal de independencia. 

lunes, 18 de septiembre de 2017

mi reflexión | lo que falta y lo que sobra

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la casa de mi tia
san borondon


A quince días del pretendido referéndum en Cataluña las espadas siguen en alto. Ni Gobierno central ni Gobierno autonómico han sido capaces de iniciar un diálogo sólido y fructífero sobre las discrepancias que mantienen en torno al supuesto derecho a decidir de los catalanes sobre su futuro con el resto de los españoles. De un lado y otro se escuchan reproches sobre la dejadez mutua a la que han conducido ambas partes el conflicto y de un lado y otro observamos la misma cerrazón que nos ha traído hasta la incertidumbre final sobre lo que ocurrirá en la calle el próximo 1-O. Son las mejores excusas para enquistar los conflictos políticos.

Cuando el soberanismo catalán dio un paso al frente e inició el procés yo me preguntaba por qué se iniciaba justo en el momento en que residía en La Moncloa el presidente de un Gobierno conservador y autoritario que, además, disponía entonces de mayoría absoluta. Pensé que la causa independentista había perdido el juicio. Pero, andando el tiempo, me di cuenta de que el reto no debía ser la independencia en sí misma sino la tensión máxima del conflicto para doblegar al Gobierno central y obligarle a negociar una mejor posición para Cataluña en el escenario autonómico o, incluso, una nueva modalidad de asociación territorial no prevista todavía en la Constitución. Pero creo que el bloque soberanista subestimó el neofranquismo que invade al PP en cuestiones "patrias". Y una vez tensionada la cuerda, a pesar del inmovilismo de Rajoy, la causa soberanista ya no podía dar marcha atrás, ya no podía defraudar a millones de catalanes que, Diada sí, Diada también, salían a manifestarse pidiendo votar en un referéndum.

Creo que ambos bandos han jugado mal sus cartas. Excluido el derecho de autodeterminación (que aquí no cabe por no ser Cataluña un territorio sometido a colonización ni a violación sistemática de derechos humanos ni a limitación de la participación política) sólo cabía invocar el derecho a la secesión. Pero resula que éste no es un derecho reconocido en nuestra Constitución, por lo tanto sólo una voluntad popular muy mayoritaria puede ejercer presión para conseguir dicho derecho o, al menos, un cauce para la expresión de dicha voluntad, es decir, un referéndum. Y esta fuerza es la que, a día de hoy, falta en Cataluña pues, como dije en un artículo anterior (http://www.nuevatribuna.es/opinion/franci-xavier-munoz/de-la-autonomia-a-la-autodeterminacion/20120913074957080958.html), sin una mayoría cualificada de  voto popular (60-65% como mínimo) no se debe iniciar ningún proceso de separación territorial, ya que no hablamos de una mera elección parlamentaria que a los cuatro años se puede modificar sino de una decisión que compromete el futuro de millones de personas para varias generaciones. Si las leyes más importantes se aprueban con ese porcentaje de mayoría cualificada en los parlamentos, ¿cómo no exigir el mismo tipo de mayoría para la independencia de un territorio? Es cierto que el bloque soberanista tiene esa mayoría cualificada en el Parlament -por las correcciones a la proporcionalidad directa que introducen todos los sistemas electorales- pero no la tiene en voto popular, del que en las últimas elecciones autonómicas se cosechó un 48% para la opción independentista de Junts pel Sí y la CUP.

Ahora bien, dado que dicho porcentaje de voto popular se traduce en una mayoría absoluta de escaños parlamentarios (72 frente a 63) a favor de la causa soberanista, no es inteligente por parte de ningún Gobierno central refugiarse en la mera legalidad para desconocer o despreciar la voluntad popular abrumadora a favor de un cauce de expresión que dirima la cuestión de la independencia catalana para siempre (o, por lo menos, para unas cuantas generaciones). Ni inteligente ni democrático pues la libertad se defiende, precisamente, dando la palabra al pueblo y no reprimiéndola con legalismos o coacciones. ¿De qué sirve una ley democrática cuando una mayoría social le da la espalda? Esto es lo que está pasando en Cataluña, que una porción considerable de sus habitantes considera ya obsoleta la relación de su territorio con España y, ante la inacción de un Gobierno insensible y autoritario, sólo encuentra en la indepencia la mejor opción de futuro para su destino. Y, al menos, quieren tener la opción de contrastar dicha opción con la contraria en un referéndum que dirima la correlación de fuerzas a favor y en contra de la secesión. Por tanto, lo inteligente y democrático sería lo que hizo David Cameron en Gran Bretaña, negociar un referéndum y hacer campaña por una de sus opciones. Y ganarlo, como lo ganó.

Ése es el coraje que le falta al Gobierno de Rajoy, un coraje que la derecha española sólo está acostumbrada a demostrar con la fuerza de la ley o con la ley de la fuerza, como nos enseña nuestra Historia contemporánea. El PP ha perdido una ocasión de oro para demostrar su compromiso con la democracia y para desprenderse de ese pasado franquista que lo persigue allá donde vaya. Nuestra Constitución, en su artículo 92, reconoce el derecho del Gobierno central a convocar referendos consultivos (es decir, no vinculantes) sobre decisiones políticas de especial trascendencia (y la cuestión catalana lo es) en los que todos los ciudadanos (sin concretar de qué ámbito territorial) puedan expresar su opinión a la pregunta o preguntas realizadas. Es decir, el redactado literal de dicho artículo permite la intepretación adecuada para pactar en el Congreso de los Diputados un referéndum para Cataluña que incluyera, además de la independencia, otras opciones de encaje en España. Cualquier gobernante lúcido y osado aprovecharía una ocasión como esa para demostrar su convicción democrática y, sobre todo, su compromiso por la solución de los problemas. Estoy seguro de que haber pactado la convocatoria del referéndum hubiera sido la mejor opción para éste y para cualquier otro Gobierno español. Todos los partidos habrían hecho su campaña, explicando los pros y los contras; el Gobierno de Rajoy, a través del PP catalán, podría haber ofertado mejoras a los catalanes y, en cualquier caso, si hubiera ganado la opción de la independencia, que lo dudo, el referéndum no sería vinculante, lo que habría puesto a trabajar inmediatamente a ambas partes para encontrar un encaje satisfactorio a Cataluña en el marco de la actual Constitución o en el de una nueva o reformada o, inlcuso, como Estado asociado. En cualquier caso, repito, creo que en una campaña organizada y bien explicada, y con los recursos con los que cuenta el Gobierno central -incluyendo a casi todos los medios y líderes europeos- el referéndum lo habría ganado la opción autonomista o federal y no la independentista, como ocurrió en Escocia. Pero ya nunca lo sabremos porque a Rajoy le sobra lo peor de la derecha española y le falta lo mejor de la derecha europea. 

martes, 29 de agosto de 2017

poema | perla de mi camino

Hace años descubrí tu mirada
escondida entre las piedras del mar.
Camino tu nombre en la arena,
lanzando piedras al agua,
y una ola desnuda
me eleva a tu montaña.
Descubrí en aquella playa
una roca que coronaba el mundo,
un dios que el universo dominaba.

Entre lo místico y lo mortal
tu vida se adivina mágica.
Estás invadida toda tú
de una aureola extraña.
No caminas ni en la tierra ni en el cielo,
ni en la noche ni en el día.

Es la vida y su misterio
quien recorre tu sendero.
Lo inmortal, lo infinito,
la fuerza, la mente, el control.           
La inteligencia y la fe.

Es tu misteriosa infinitud
la que desdobla páginas
de indescriptibles sensaciones
cuando mi mente en ti se para.
Hay personas, en fin,
que lo llenan todo,
incluso el alma.

Y, por eso,
en noches como ésta,
ni un poema me arrebatan.
Tu nombre te define y eso basta.

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1989
La estancia del mate. Poemario I

poema | como esa canción que tanto te gustaba

Como el quejido de la flauta en la canción,
llegaste a mí silbando el alma.
Como el violín que en la canción se queja,
mis lágrimas se ahogan en el grito de tus ojos.         
Como el llanto de las voces que cantan,
oigo el sonido del vacío que me habla.         
                                                          
Como un perro que da vueltas sin su amo,
giro en mí abandonado.

Como el niño despreocupado que juega solo,
juego con tu cuerpo en el borde de la cama.
Te adormezco en el umbral de mis no­ches
con el canturreo de alguna nana
y me duelen los ojos
cuando descubro que tú ya no estabas.

Como un perro que da vueltas sin su amo,
giro en mí abandonado.

Como cualquier enfermedad del sueño
te haces dueño de mi cansancio.
Llenas el espacio de mi mente concentrada
y de ella te extraigo sólo cuando tus labios
irrumpen de repente en los míos para besarlos.

Como el vendaval que arrastra los barcos del puerto
has habitado los rincones de mi esperanza
y he echado el corazón al fuego que siempre quema
sin medir el cielo al que tu vuelo me elevaba.

Como el cristal quebrado en mil pedazos
cuando lo estrellan contra el suelo
mi corazón se ha roto en mil pedazos.
Como la casa invernal, cerrada a cal y canto,
mi corazón se ha cerrado con llave a tu amor.

Como el animal maltratado que vuelve al dueño
mi amor regresa a ti resquebrajado y sumiso.
Como la fe absoluta en un dios insospechado
mi llanto se oculta para siempre en mi plegaria.
Como un perro que da vueltas sin su amo,
giro en mí abandonado.

Como el quejido de la flauta en la canción
te has ido de mí desangrando el alma.
Como el contrabajo que en la canción se queja
mi cuerpo fallece en el grito de tu mirada.
Como el lamento de las voces en la canción
consuelo tu ausencia con el aullido de mi alma.

Como un perro que da vueltas sin su amo,
giro en mí abandonado.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1993
El juego de la inocencia. Poemario II