jueves, 31 de mayo de 2012

ficciones | el orgullo

   Una noche más, se desvistió lentamente en la soledad de su habitación, que afortunadamente no compartía con nadie. Sus ahorros le habían permitido pagarse ese lujo hasta el final de sus días. A cambio de una vida intensa, frívola y acomodada, ahora nadie lo molestaba ni a nadie tenía que rendir cuentas. Con cada prenda de ropa que se quitaba y colgaba despacio en el perchero, rememoraba a alguno de sus amantes más ciertos o más embusteros, aunque igualmente queridos o deseados. Cierto que, durante el día, en el asilo no echaba de menos nada. Al fin y al cabo, compartía esa soledad con otros ancianos que, como él, habían vivido abiertamente su homosexualidad durante décadas, sin preocuparse de entablar un compromiso de pareja para llegar a la muerte acompañados. Sin embargo, ninguno de ellos se lamentaba en público de haber optado por esa opción. En el comedor, la sala de juegos, el gimnasio o el jardín hablaban y reían recordando sus años de juventud y madurez, desde que lucharon por salir del armario pasando por los años de complacencia en la aceptación social, desfile del Orgullo Gay incluido. Él, al menos, reconocía cada noche, mientras se ponía el pijama, que todo aquello tuvo un precio, este que pagaba ahora por apagar la luz sin ver la cara de ninguno de sus amantes y amados. Le costaba reconocerlo pero sí, cada prenda de ropa que se quitaba, cada objeto que recolocaba antes de quedarse a oscuras, era un lamento por las oportunidades que dejó pasar para no llegar a tener que acostarse solo antes de... quién sabe si despertar.   


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ, 2012
Lo que queda de hoy. La vida, observada

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