jueves, 31 de mayo de 2012

ficciones | el puente

    Un día más, a la misma hora, volvían a coincidir sobre el puente, a lo largo de la kilométrica calle que lo cruzaba. Un día más, a la misma hora, ambos sopesarían, en esos eternos segundos que los iban acercando en la distancia, si valdría la pena detenerse un poco más allá del breve y correcto saludo que intercambiaban cada tarde, sobre ese puente, a la salida de sus respectivos trabajos. Los dos tenían ganas de hacerlo; los dos querían en el fondo detenerse a charlar un buen rato para descubrir algo más de lo que ocultaban tras la corrección de sus laborables encuentros. Pero los dos tenían el mismo miedo, a los dos les atenazaba la vergüenza de dar el primer paso y, con ello, demostrar un interés oculto, incluso un interés erótico. Tal era la convicción que ambos tenían en cualquier saludo afectuoso, demasiado cordial, que interrumpiera el tránsito normal de su regreso a casa tras una larga y rutinaria jornada de trabajo. Los dos demostraban con esa pulcritud inglesa haber sido formados en un ambiente restrictivo, quizás incluso radicalmente religioso, que a ambos les impedía superar el deseo de transgredir todas las taxativas normas aprendidas a lo largo de su vida en escuelas y universidades demasiado privadas. Y ambos deseaban romper con esa educación tan pulcra, con esa prohibición de mostrar primero la jugada. Porque ambos se deseaban con descaro y sin disimulo. Sin embargo, un día más, a la misma hora, ninguno dio el paso definitivo. Se saludaron, como siempre, con una sonrisa en los labios y un buenas tardes, ¿qué tal todo?, bien, gracias, que a los dos dejó insatisfechos y acomplejados para una nueva jornada de veinticuatro horas, las que transcurrirían hasta que se encontraran cruzando el puente que une sus temores, frustraciones y años de castración.  


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ, 2012
Lo que queda de hoy. La vida, observada

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