viernes, 30 de junio de 2017

ficciones | pregunta inquietante

    El sms que había recibido en italiano ─idioma que lo excitaba en un sentido más romántico que erótico─ no le hizo presagiar la salida intempestiva que tuvo su chico unas horas más tarde. Fue al encerrarse en la habitación para estudiar y escribir un poco. Él sabía que el tiempo dedicado a esas actividades era un tiempo que no le dedicaba ni como amante ni como compañero, pero ya no podía renunciar a hacer aquellas cosas que le reportaban una felicidad íntima y solitaria, que le construían como persona. Ahora ya no era el mismo que había sido durante muchos años, ese desordenado joven que había hecho del amor la prioridad de su existencia, a lo que había subordinado todos los demás intereses, fueran laborales o personales. Así, había saltado de unas empresas  a otras, prosperando pero sin llegar a sobresalir realmente en ninguna de ellas. Así, había abandonado los estudios universitarios sin llegar a finalizar ninguna de las carreras en las que se había matriculado. Así, había dejado de lado también su vocación más permanente, la de escribir, la única quizá que lo mantiene vivo y firme, y ahora se arrepentía de no haber sido más constante en esa tarea, pues todavía no había sido capaz de concluir una novela ni de acumular una serie de relatos que pudiera intentar publicar en un solo libro. Igualmente, sus poemarios, todos terminados y ordenados hace tiempo, no habían traspasado la frontera de su ordenador personal y seguían durmiendo el sueño de los justos, esperando que, algún día, se decidiera a moverse un poco por el mundo editorial para intentar publicarlos. Él siempre supo que la estabilidad afectiva que su chico le estaba procurando haría que, más tarde o más temprano, tuviera ganas de retomar su proyecto vital para fijar definitivamente sus pilares básicos, de forma que nadie más, ya nunca, los removiera. Ahora lo estaba logrando y llevaba meses contando con su complacencia pero, sin saber por qué, él había intuido desde el comienzo de su reorganizada vida de pareja que, algún día no muy lejano, llegarían sus quejas por desatenderlo cinco días a la semana y vivir sólo los otros dos restantes como amantes y compañeros. Al fin y al cabo, ahora lo pensaba, no hacían algo distinto de lo que hacen la mayor parte de las parejas, pero es verdad que los primeros años habían sido más intensos, sobre todo porque el tiempo libre que él tenía se lo había dedicado a su chico por completo. Pasado el tiempo de la fogosidad que todo enamoramiento conlleva y el tiempo del acomodo que toda convivencia requiere, él había necesitado recoger del mundo todo aquello que le hacía feliz y también distinto. Por eso, cuando hoy su chico se marchó enojado y triste de su casa, él se preguntó si el amor de pareja debía buscar ante todo la felicidad del otro o si debía consistir en compartir una vida con alguien, al tiempo que se alimentaba la propia. Y, sobre todo, se preguntó si no era mejor darse a conocer del todo que no sólo a medias. Aunque, quizá, la respuesta que encontró le inquietó más que la pregunta.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2007

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