miércoles, 28 de junio de 2017

ficciones | un momento inconfesable

    Estuvo a punto de perder el metro pero un impulso inesperado lo llevó a dar un salto, justo cuando se estaban cerrando las puertas, algo que no solía hacer pues se tomaba la vida cotidiana con mucha tranquilidad y no era de los que corría desesperadamente para llegar apenas unos minutos antes adonde casi nunca ocurría nada excepcional. Sin embargo aquella tarde, al regresar a casa después del trabajo, no quiso perder ese tren que le esperaba todavía con las puertas abiertas cuando él pisaba el andén.
    En cuanto se apoyó en el asiento vertical abrió el libro que estaba leyendo y echó una ojeada para ver si su entrada repentina había despertado la curiosidad de alguien y se encontró con una mirada tímida que lo observaba risueño y despistado, pues esquivaba la suya cada vez que la encontraba. No reparó en ese instante en lo inusual de aquella situación que, muchos años atrás, había sido la norma durante sus viajes en suburbano por la ciudad. Comenzó a leer por donde lo había dejado esa mañana, al final del trayecto al trabajo, pero no pudo concentrarse porque volvió a buscar la mirada de esos ojos acobardados, que lo seguían observando cuando él no los miraba, y volvió a encontrar el mismo juego de despiste que, minutos antes, lo había apartado de la lectura. Ahora estaba seguro de reconocer ese tipo de mirada y cerró el libro, dispuesto a entender el mensaje que su interlocutor le estaba enviando. Era un chico joven quien lo miraba, de aspecto desaliñado pero intelectual, delgado, con esas formas aparentemente abandonadas que a él tanto lo excitaban. De ojos marrones muy claros y pelo cuidadosamente despeinado, el chico ya no ocultaba el encuentro de sus miradas y, cada vez que chocaban en la distancia, él mantenía firme sus ojos en los suyos, que ya habían recorrido otros rincones de su cuerpo, a lo que él respondió sentándose enfrente y manteniendo el juego de coqueteo que habían iniciado. De repente, cayó en la cuenta de que ahora tenía novio y que hacía ya algunos años que había renunciado a este tipo de flirteos silenciosos que nunca se sabe si son o no acertados hasta que uno de los dos jugadores se levanta. En este caso lo fue porque el chico ya no dejó de mirarlo fijamente a los ojos, sonriendo levemente para demostrar que estaba de acuerdo en seducir y ser seducido hasta que alguno de los dos tomara la decisión de levantarse y abandonar el vagón. Sin embargo, su estación era la próxima y hasta que el tren no se detuvo, no tomó la iniciativa de apearse, bruscamente y sin dar apenas tiempo para reflexionar una alternativa. Su instinto natural no pudo zafarse esta vez de lo que su cuerpo deseaba, y saltó disparado detrás de él.
    El chico anduvo todas las escaleras mirando hacia atrás de reojo, cerciorándose de que su conquista lo seguía. En esos momentos sólo pensaba en justificar ante su novio un retraso, un entretenimiento, y no sintió la desazón que a otros les provoca conducirse irremediablemente hacia la infidelidad ocasional. Siguió sus pasos por la calle, confirmando con tímidas sonrisas las insinuaciones persistentes de sus miradas retrospectivas para que lo siguiera sin preguntarse adónde se dirigían. Un par de minutos después obtuvo la respuesta. Entraron en un edificio antiguo recién rehabilitado, esperaron el ascensor en silencio, mirándose fijamente y sonriendo. Ya dentro, se abalanzaron el uno sobre el otro, sin mediar palabra, hablando sólo con los besos apasionados y los jadeos de los cuerpos chocando a la altura de las pelvis, sintiendo la excitación de los sexos endurecidos, que pronunciaban en el silencio de la carne el deseo irascible de la voluptuosidad imaginada.
    Follaron sobre una cama deshecha, síntoma quizá de la costumbre que su dueño tenía de llevar desconocidos imprevistos a la casa, aunque él no le preguntó nada. Sólo se dejó llevar por la urgencia de la sensualidad de sus ojos, de sus formas delgadas y estudiosamente descuidadas, de la juventud exacerbada que su piel suave dejaba entrever al tacto de sus labios. No sintió ningún remordimiento cuando entró de nuevo en el ascensor, recién duchado y sin rastro del olor del perfume de su amante. Sintió renacer con orgullo el deseo en su piel y pensó que la felicidad se reduce a momentos breves como el que acababa de vivir, momentos inconfesables que devuelven la esencia de la libertad y la locura, que permiten respirar por unos minutos la quizá deshonesta necesidad de huir de vez en cuando de los compromisos y las composturas. Recordó, entonces, el verso de Antonio Gala: “quien urge aquí es la vida, no el amor”.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2007

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