miércoles, 5 de julio de 2017

ficciones | cambiar las cosas

    Hacía quince años que no pisaba el pueblo y no lo habría hecho de no ser por la insistencia de su primo pequeño en invitarlo a su boda. El destino los había hecho coincidir en la misma empresa, en la misma ciudad y en el mismo país extranjero. Cosas de la crisis económica que se inició en dos mil ocho y que expulsó a miles de jóvenes ingenieros del país. Él ya no era tan joven, su primo pequeño sí, pero el estallido de la burbuja inmobiliaria les había deparado la misma mala suerte laboral, aun con diez años de diferencia entre los dos.
    Él dejó de ir al pueblo cuando murió su abuela, el mismo año en que comenzó sus estudios universitarios. Su primo pequeño, por el contrario, seguía vinculado al pueblo pues acababa de terminar la carrera y visitaba todos los fines de semana a sus padres. La búsqueda desesperada de trabajo lo había llevado a aceptar uno en Alemania, con la ventaja añadida de tener a su primo mayor allí, abriéndose ya camino. Él llevaba ya un par de años en el país y lo ayudó a superar las primeras dificultades. Fue de los primeros ingenieros en exiliarse cuando la crisis se cebó en el sector de la construcción. Algún sábado que otro, entre copa y copa, ambos hablaban de política, con posturas divergentes pero cercanas a la hora de identificar a los culpables de aquélla situación laboral.
    ─No sirve de nada que le demos vueltas, primo ─le decía a veces el mayor al pequeño─. Hay que echar a los responsables de este desaguisado y dar una oportunidad a gente nueva, a personas no contaminadas por la idea de política que se ha tenido en los últimos treinta años.
    ─Si en eso estamos de acuerdo, primo ─solía contestar el pequeño─, aunque no pensemos igual a la hora de elegir a esas personas. Pero, desde luego, hacen falta nuevos políticos que entiendan la política como lo que debe ser, un servicio a los ciudadanos y no a los partidos.
    Su percepción del pueblo fue desoladora. Allí había hecho mella también la crisis. Habían cerrado varios bares y comercios. La vida en la calle se había adelgazado drásticamente. Sólo los de siempre podían seguir disfrutando de ella, aunque ahora con menos aspavientos. Se le bajó el alma a los pies cuando vio aquellos carteles de “se vende” o “se traspasa” en casas, pisos y locales comerciales. Tuvo la sensación de que un huracán había pasado por allí, arrebatando vidas y futuros.
    La celebración de la boda de su primo fue más un convite que un banquete, dadas las circunstancias. El estado de gestación de la novia  había precipitado los acontecimientos y había hecho necesario el matrimonio, dadas las profundas convicciones religiosas de ambas familias, no tan profundas en los protagonistas del respectivo sacramento. Fue inevitable recordar los banquetes –esos sí- de sus hermanos mayores o de otros primos hace años, más aún cuando ésta era la primera boda que se celebraba en el pueblo desde que comenzó la crisis.
    En la ronda de agradecimientos, su primo pequeño se sentó a su mesa, en la que había otros primos y tíos, y charló animadamente durante un larguísimo rato, sobre todo con su tía, la madre de su primo mayor, que había sido también emigrante en el mismo país pero cincuenta años atrás. En la conversación latía la sensación de pesar por la repetición de la historia colectiva de un pueblo y la incertidumbre sobre el futuro de un país que había pasado de ser receptor de migrantes a emisor.
    ─A diferencia de nuestra época, vosotros tenéis una gran ventaja ─se hizo el silencio, esperando a que su madre terminara de dar su opinión─ y es que contáis con un instrumento que nosotros no teníamos: la urna electoral. Podéis cambiar las cosas si cambiáis a quienes os gobiernan, porque ellos son los máximos responsables de esta situación; no los únicos, pero sí los encargados de hacer progresar al país. Está claro que un pueblo que emigra no pertenece a una nación próspera. Así que ya sabéis…


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2015

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