sábado, 1 de julio de 2017

ficciones | el suyo sigue siendo

    Corrigió el poema una vez más, creyendo que sería la definitiva. Lo había escrito con orgullo hace más de veinte años, una de esas mañanas al llegar a casa después de haber estado con él toda la madrugada, silenciando su terrible deseo, ese que lo atenazaba desde que lo conoció en aquel disco-bar donde trabajaba de encargado. Le cautivó su sonrisa y su mirada alegre desde el primer momento. Se enganchó a su expresión sincera y bondadosa. No pudo resistirse a quererlo desde aquel instante. Fue de las pocas veces en su vida que sintió una atracción inmediata a la que no sabía ponerle nombre, una atadura que lo empujaba a desearlo y a complacerle en lo que quisiera. Sabía que un solo gesto, una sola palabra suya, bastaría para hacerlo esclavo de sus apetencias, para amarlo hasta el infinito, pero todo quedó en una sincera amistad desde el primer saludo, nunca tuvo valor para confesarle su deseo insaciable y su amor oculto, que encontró en la poesía y en las horas con él compartidas el único desahogo posible. Siempre fue un amor inalcanzable, mezcla de pasión y duda, pues sospechaba que, de haberle gustado, quizá sus caracteres serían incompatibles en una relación de pareja. Nunca se atrevió a descubrirlo y tardó muchos años en regalarle los poemas que le había inspirado. Solo a través de la palabra escrita pudo hacerle entender que aquel incógnito deseo lo había acompañado toda su vida y aun hoy no lo había abandonado. Cuántas veces había recordado el verso de Neruda, “mi deseo de ti es el más terrible y corto”, cuando le escribía o lo llamaba por teléfono. Siempre fueron buenos amigos, nunca se habían enfadado, y él siempre había estado dispuesto para lo que fuera, para mucho más de lo que él ocasionalmente le pedía. “Si tú supieras”, se había dicho tantas veces…
    Ahora, corrigiendo el poema, se acordaba de aquellas madrugadas en el Dúplex, dejando pasar las horas con cualquier excusa con tal de verlo, aunque fuera de reojo, y hablar con él entre copa y copa. Recordaba las veces que fue a comprarle cena, encantado de serle útil, y las veces que pasearon por Chueca o por otros lugares, más allá de la hora de cierre de los locales, dejando pasar el tiempo sin ninguna intención, hablando de esto y de lo otro, sin sospechar quizá que sus labios suspiraban en cada frase por uno de sus besos imaginarios. Cuántas horas pasadas en su coche hablando sin preocuparse del tiempo, a la puerta de su casa, siempre con la secreta intención de confesarle en algún silencio su deseo más permanente y frágil. Ahora, mirando esa fotografía de más de veinte años atrás en el Parque de Atenas, se preguntaba cuántas noches había llenado su vida con el secreto placer que le había procurado imaginar un futuro a su lado, y cuántas veces habría él sospechado que lo estaba imaginando. Nunca le dijo nada y nunca tendría valor para decirle nada, pues la querencia que a él lo unía era la de una profunda y sincera amistad que, quizá, de haber confesado el insufrible deseo que lo maltrataba, habría terminado de forma abrupta. Esa noche, corrigiendo el primero de los poemas que le escribió, seguía reconociéndose en sus versos, pues a pesar del tiempo pasado y la distancia de sus encuentros, el suyo seguía siendo un amor poético.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2015

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