sábado, 8 de julio de 2017

ficciones | porque sueño

    “Porque sueño, no lo estoy”, decía Léolo en la película del mismo nombre, un niño obsesionado por no caer en la locura de su familia, un niño que sueña intensamente cada noche e intenta revivir sus nítidos sueños cada día para escapar de la realidad cotidiana que lo acerca a la locura. “Porque sueño, no estoy loco”, repetía Leólo cada mañana al despertarse. Esa película de Jean-Claude Lauzon de principios de los noventa le marcó de por vida porque él soñaba mucho pero nunca recordaba nada y, al contrario que Leólo, se preguntaba si no estaría loco precisamente por no acordarse de sus sueños. Sabía que soñaba porque se despertaba agitado y, a menudo, angustiado y sudoroso. Otras veces, todo lo contrario, feliz y complacido con una extraña sensación de plenitud, que nada tenía que ver con el deseo erótico pues ni en la cama ni en su cuerpo aparecía huella alguna de eyaculación inconsciente. Siempre se preguntaba lo mismo, por qué soñaba tanto –lo sabía- sin recordar absolutamente nada al despertarse.
    Pero los sueños lo avisaban de algo que él intuía con esas sensaciones contradictorias con las que amanecía. Si se despertaba normal, es decir, ni nervioso ni pletórico, sabía que no había soñado nada esa noche, pero en cuanto la inquietud o la alegría abrían sus ojos por la mañana sabía que algo le quería decir el sueño del que no tenía memoria. Y entonces repasaba despacio la agenda de ese día por iniciar, pensando en las acciones que tenía que llevar a cabo o en las decisiones que tenía que tomar. También analizaba cuidadosamente las personas con las que tenía que verse por trabajo o amistad, releyendo las citas que había anotado para deducir si en alguna de ellas residía la advertencia del sueño que, a pesar de dejarlo en blanco, lo alteraba o lo sumía en un relajamiento inusual.
    Aquella mañana se despertó muy agitado, respirando incluso con dificultad. Sabía, por tanto, que algo tenía que evitar, que el sueño que seguro había tenido y no recordaba lo estaba poniendo en guardia para ese día. Tenía que acudir por la tarde a la presentación de un libro de un amigo suyo, un texto polémico en el que se trataba un tema conflictivo que enfrentaba desde algunos meses atrás a partidarios de opciones lingüísticas contradictorias y radicalmente incompatibles en el uso de una palabra que, según uno u otro punto de vista, modificaba visceralmente el significado de la misma, lo que llevaba un tiempo causando una agria polémica entre escritores, que afeaban a ciertos académicos de la lengua la inoportunidad de haber rescatado de la memoria olvidada el significado de ese término, ya en desuso desde hacía un siglo, y que confería significaciones distintas a novelas y relatos recientemente publicados, que desvirtuarían por completo la interpretación que a esos libros había dado la inmensa mayoría de lectores y que, por tanto, corrían el riesgo de ser despreciados y abandonados al olvido.
    Su amigo lo había invitado para que dedicara unas palabras a su investigación pero, revisando la agenda de aquel día, entendió que ése era, precisamente, el evento que tenía que evitar, pues contaba con amigos y compañeros de profesión entre ambas tendencias -profesores, editores, críticos- que no le perdonarían su alineamiento en aquel debate, dada su probada ecuanimidad y prudencia. También es verdad que aquel asunto le era en realidad completamente ajeno, pues nunca en sus libros había utilizado la palabra de marras que traía a toda la comunidad filológica por la calle de la amargura, así que por aquella intuición onírica desmemoriada vio claro que debía esquivar el conflicto y declinar la invitación a presentar la obra de su amigo.
    Ni siquiera lo llamó. Esperó a que llegara la hora del acto y le dejó un mensaje en el contestador del móvil, excusándose por la incomparecencia debido a un serio accidente de tráfico que había sufrido en el camino y cuyas consecuencias le iban a entretener un par de horas como mínimo; lo que era cierto, pues al salir del trabajo golpeó violentamente sin querer a otro coche que circulaba delante suyo y tuvo que enfrentarse a las iras del conductor y a la denuncia del correspondiente agente de policía, ya que pensando en el pretexto que pondría a su amigo no vio el semáforo en rojo y se lo saltó como si tal cosa. Cuando al día siguiente leyó en la prensa que la presentación del libro había servido para sellar las paces, por fin, entre filólogos de uno y otro bando, cabeceó contra la pared por haber perdido la oportunidad de lucirse ante la comunidad científica, presumiendo de amistad pero, al mismo tiempo, de neutralidad en la disputa lingüística. Entonces pensó que había interpretado mal el sueño no recordado, pues aquella jornada había caído en viernes y él ese día siempre dejaba el coche en casa y acudía al trabajo en transporte público para evitar el caos automovilístico que se formaba en la ciudad, cuando la gente se volvía loca por iniciar el fin de semana. 
    “Porque sueño, no lo estoy”, le vino otra vez la frase al pensamiento. “Como siga equivocándome, terminaré por volverme loco”, se dijo mientras buscaba Leólo en su videoteca, dispuesto a verla por enésima vez, a ver si con ello conjuraba la desmemoria de sus sueños, en los que él creía firmemente para interpretar la realidad, como así atesoraba también su biblioteca, de la que había estudiado varias veces La interpetación de los sueños, de Sigmund Freud. Nunca lo había compartido con nadie, pero ese vacío onírico que lo asaltaba cada mañana al despertar lo frustraba desde niño, pues nunca supo si sus quimeras despiertas en la vida tenían fundamento en sus sueños nocturnos.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2016 

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