miércoles, 5 de julio de 2017

ficciones | un tiempo a la semana

    Llevaba muchos meses sin pasar a verla. La última vez fue en Navidad, aunque solo un momento para felicitar la Nochebuena, sin tiempo para conversar un rato con ella, como era su intención desde hacía años, desde que ella perdió prácticamente la vista. A menudo se lamentaba de esa desidia, de esa mala costumbre de no visitar a sus mayores, y se decía una y otra vez “mañana paso, mañana paso”, pero un día por otro, nunca pasaba, más que en contadísimas ocasiones. Aquella tarde, la televisión obró el milagro, porque la cuidadora de Teo llamó a la puerta y le pidió por favor que pasara un momento a ver qué ocurría con el televisor, pues no se veía ningún canal. La chica era nueva, llevaba apenas un par de semanas, después de que la anterior se marchara a su tierra natal, tras más de diez años con Teo. Enseguida ella reconoció su voz y se alegró de oírlo, dispuesto a arreglar el problema. “Tan dispuesto como siempre, qué bien que no hayas cambiado, hijo”, dijo Teo, casi con lágrimas en los ojos, pues la televisión era ya el único entretenimiento en su sedentaria vida. Además de la vista, Teo tenía problemas de movilidad tras una rotura de cadera que sufrió hace años, así que dependía de otros para todo. Después de solucionar la avería, decidió sentarse junto a ella un buen rato, olvidando su cita a la mesa para comer, y charlaron animadamente como habían hecho durante muchos años, en esas conversaciones improvisadas en el pasillo, puerta con puerta. Teo le contó sus dolencias, que la tenían postrada en el sillón todo el día, y recordó junto a él ese tiempo en que tantos favores ella le hacía, “porque si no se te olvidaban las llaves, se te olvidaba comprar sal o azúcar, o te gastabas el sueldo antes de tiempo”. Ahora fue él quien estuvo a punto de llorar, rememorando tantos y tantos momentos en que Teo le sacó de apuros, y decidió que no volvería a descuidarla, que todas las semanas pasaría un rato a verla, y hablarían de lo que más les gustaba y que tantas horas había robado a su cotidianidad durante tantos años. Al entrar en su casa, lloró de emoción y también de rabia. Por un lado, la vida era generosa con Teo, pues iba a cumplir noventa y tres años, aunque por otro, esa vida era muy limitada y ella sólo esperaba el encuentro con Dios, según le dijo. Hasta que ese momento llegara, él la dedicaría un rato de su tiempo cada semana, aunque fuera corto.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2015

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