sábado, 8 de julio de 2017

ficciones | viejas libretas

    Allí estaban, todas guardadas en una carpeta vieja, más o menos ordenadas. Se alternaban las escritas a mano con las escritas a máquina. Las primeras eran más antiguas, lógicamente, de cuando todavía los bancarios anotaban con bolígrafo los apuntes contables. Ya ni las recordaban, probablemente ni aquella época tampoco, pero ahí estaban, habían sobrevivido al tiempo y a las mudanzas. Ahora, su madre se las mostraba para decidir qué hacían con ellas, si seguían conservándolas o se deshacían de todas. Su primer impulso fue tirarlas a la papelera pero, al instante, recapacitó y las fue tomando una a una, ordenándolas por entidades y por fechas, abriéndolas para recordar los años en que habían tenido bastante dinero, casi todo ahorrado a base de mucho trabajo en el negocio familiar y algunas renuncias en la vida personal. Todo para que él, su único hijo, tuviera la mejor educación, la mejor comida, la mejor vestimenta y las mejores oportunidades. Fue siguiendo el curso de su vida a través de esos movimientos bancarios, recordando la ilusión con la que ingresaban el dinero en las cuentas, viendo aumentar los saldos todas las semanas.
    Todo se fue al traste con la noche, con la juerga, con la juventud larga y descontrolada, que lo sumió en un derroche permanente y en deudas y trampas financieras constantes. Ahora todo aquel tiempo había pasado, afortunadamente, y él se había salvado de todo lo malo porque sus padres no lo dejaron caer nunca, aunque ellos se hundieron en varias ocasiones. Él revivió en esos momentos el inmenso dolor que los había causado durante aquellos años y la tristeza por haber vaciado sus cuentas bancarias tantas veces. Lloró amargamente en su presencia, sin poder evitarlo, y ella comprendió que su hijo todavía no había superado esa etapa de la vida. Le dijo, entonces: “mejor las tiramos, al fin y al cabo sólo son libretas de banco”. Él la miró con los ojos llorosos y rebatió su argumento: “son nuestros mejores años y, aunque sea con dolor, me gustará recordarlos de vez en cuando”.
    Siguió ordenando las libretas, limpiándolas de polvo, y siguió recordando aquellas mañanas en que, felices los dos, iban a los mostradores bancarios a ingresar dinero en las cuentas y salían satisfechos tras aumentar los saldos. Se quedó anclado en ese tiempo, evitando el de la desobediencia y el despilfarro, y se dio cuenta de que su madre sólo había conservado las libretas de aquélla época de ganancias y ahorro. Le preguntó por qué lo había hecho, por qué no había guardado también las demás, y ella le contestó que sólo había coleccionado las libretas más antiguas, las que se escribían a mano, a máquina o con aquellos grandes computadores primigenios, porque eran las más bonitas y originales. “Las de después ya no tenían interés, eran todas iguales. Las interesantes son ésas, cuando los bancos eran otros distintos a los de ahora”, le dijo. Él la miró, complacido y sonriente, ya enjugadas las lágrimas, y siguió curioseando por aquellos movimientos y saldos bancarios, sin percatarse de que su madre ya había separado en una bolsa negra las libretas de los años de bancarrota, que ahora se llevaba discretamente a la cocina para tirarlas a la basura.


© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 2016

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