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Muchos socialdemócratas europeos se echan las manos a la cabeza por el resurgir de la extrema derecha en los parlamentos democráticos. Sin embargo, la Unión Europea no está más que recogiendo los frutos de la muy discutible tolerancia que ha impregnado la acción política hacia esas ideologías en los últimos años. Las instituciones comunitarias no han cuestionado nunca la legalidad de la ultraderecha a concurrir en comicios democráticos, a la luz de la discriminación por razón de raza, nacionalidad y orientación sexual que todas esas formaciones defienden. Se ha permitido concurrir a las elecciones a partidos que vulneran los principios de igualdad y no discriminación, contraviniendo tanto las Constituciones de sus países como la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión. ¿Qué han hecho los socialdemócratas ante semejante transgresión de principios democráticos? La permisividad de conservadores y la inacción de progresistas puede conducir a la Unión, de aquí a unos años, a ver cumplido el sueño neonazi de una Europa unida por el dominio de una identidad, o bien a contemplar su desgarrada descomposición. Estos primeros pasos de la ultraderecha europea, que contraviene principios democráticos, pueden ser el anuncio de la maldita repetición de la Historia.