El sábado por la noche cenamos en El armario con mi amigo S., su pareja y otros dos amigos suyos. Habían venido de Burgos, donde viven todos, al concierto de Mónica Naranjo, que dijeron que no estuvo muy bien. S. lleva viviendo en Burgos unos seis años, y me quedé frío cuando lo supe, pues eso significa que llevábamos unos siete años sin vernos. A mí me parecía recordar menos tiempo. La comida fue cara, mediocre y con algunos platos muy escasos. El armario no es lo que era cuando lo inauguraron, hace unos doce años. Yo lo frecuentaba entonces a menudo con O. e, incluso, manteníamos una relación cordial con los dueños. S. me hizo un regalo por mi cumpleaños, y yo le correspondí con mi antología "Las olas del mar". Le hizo mucha ilusión, y lo demostró levántose de la mesa para besarme. Su pareja, incluso, recitó uno de mis poemas, "Al mar que bañó otra playa". Dijo que sonaba muy bien. En su voz, desde luego que sí. Forma parte de un coro y eso se nota. Mi sorpresa fue ver a sus amigos hojeando también mi libro con interés. Después fuimos a la discoteca Cool, donde tomamos un par de copas. J., el amigo de S., estaba ilusionado, pues era la primera vez que pisaba Chueca y la primera vez que entraba a Cool, con sus jóvenes 19 años. Se emocionó con la presencia de algún que otro famoso. Yo tuve toda la noche presente en mi cabeza aquellas palabras del protagonista de "Muerte en Venecia", de Thomas Mann:
(...) nosotros, los poetas, no podemos recorrer el camino hacia la Belleza sin que Eros se nos una y se erija en nuestro guía; (...) pues lo que nos enaltece es la pasión, y nuestro deseo será siempre, forzosamente, amor: tal es nuestra satisfacción y nuestro oprobio. (...) ¿Comprendes por qué tenemos que extraviarnos necesariamente, y ser siempre disolutos, aventureros del sentimiento? (...) De ahí que renunciemos al conocimiento; pues el conocimiento, (...), carece de dignidad y de rigor: (...), simpatiza con el abismo, es el abismo. Por eso lo rechazamos, (..), y nuestros esfuerzos tendrán en adelante como único objetivo la Belleza, es decir la sencillez, la grandeza, un nuevo rigor, una segunda ingenuidad, y la forma. Pero la forma y la ingenuidad, (...), conducen a la embriaguez y al deseo, pueden inducir a un hombre noble a cometer las peores atrocidades en el ámbito sentimental (...); llevan, también ellas, al abismo. A nosotros los poetas, digo, nos arrastran hacia él, dado que no podemos enaltecernos, sino solamente entregarnos al vicio.
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