Algunos jerarcas de la Iglesia católica vuelven a enredarse en la falsa comparación entre civiles y curas pederastas. Si siguen con ese lamento, a modo de comprensión de unos hechos detestables, y con la de abusos que están saliendo a la luz últimamente, pronto habrá que pedir a estos ancianos dignatarios responsabilidades por su inestimable ayuda en asestar al catolicismo institucional el estoque definitivo. Algunos prelados pierden el norte cuando reclaman para los sacerdotes pederastas la misma vara de medir que la sociedad tiene para los pederastas civiles y, además, acusan a esa misma sociedad de hipócrita, lo que ya riza el rizo de la desfachatez. Los cardenales Tomasi y Maradiaga, quizá los más obtusos, siguen sin apreciar la diferencia que existe entre un civil y un cura, ambos pederastas: aquél comete un delito y, quizá también, un pecado, depende de si tiene fe o no; este último, no contento con cometer un delito y un pecado, incumple una norma de la organización a la que pertenece –el celibato- y, para rematar la faena, hace justo lo contrario de lo que predica entre sus fieles. Es decir, el cura que viola a un menor es delincuente, pecador, disidente e hipócrita. ¿Acaso no está clara la diferencia?
© Francí Xavier Muñoz, 2010
A diestra y siniestra
Cartas al Director y un grito desesperado. Vol. III
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