Su cuerpo hundido en la miseria
despertó al borde
de un agujero blanco.
Sombras pretéritas cruzaron
los recuerdos de su niñez.
Fueron varios días de noches cálidas
a la luz de su amor.
Sus manos calaban en el fondo del abismo.
Sobre una montaña rosa anidaron
los buitres de la amistad demolida.
Amanecieron cercados antes del adiós.
Ella no dijo nada, ni siquiera que se iba.
Más tarde,
cuando se sentó frente al papel,
no pudo escribir nada.
El prodigio de la ficción
golpeaba esta vez su mundo real.
La creación tenía un límite claro
que él no podía abarcar.
Esa noche sintió que el cielo
se poblaba de pájaros
que le recordaban insistentemente
que ella se había marchado,
que ya no volvería más.
La tierra arrasaba sus ilusiones
cosechando un cielo de frustración.
Vientos de ausencia marcaban las últimas horas
de aquella estancia en la casa del mate.
Nubes negras y vahos de ciudad
inundaban su salida al balcón.
Como barro con pies de plomo
se arrastraba a un lugar distante de su amor.
El grito se confundió esta vez con el aullido
que ladraba la desesperación.
Vestidos traslúcidos y túnicas violeta
ciñeron su cuerpo sereno y limpio
en un nudo de negros sentimientos.
El amigo vencido, ya derrotado,
yacía en el oscuro pedestal del amor.
De sus ojos brotaban corrientes de tristeza
que ahogaban un suspiro desterrado
de tránsito feliz.
El mal sueño no abandonó el lugar
hasta que volvió a amanecer, ya desnudo él
sobre jardines
quemados de Arán.© Francí Xavier Muñoz, 1989
La estancia del mate. Poemario I
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