Mi devoción por Jesús de Medinaceli, nada dogmática o radical, proviene de una procesión suya de Semana Santa emitida por televisión hace unos años, que yo pude ver una noche al regresar del trabajo. Sentí un escalofrío y, desde ese momento, no pude apartar la vista del televisor. Me emocioné y estuve llorando durante toda la retransmisión, pero no era un llanto amargo, sino un llanto complaciente, un llanto tranquilo. Supe que aquella sensación era una llamada suya, la llamada quizá de eso en lo que yo creo, y a lo que no puedo ponerle un nombre racional, pero que me ayuda a comprender ciertas cosas de mi vida y de los que me rodean. Aunque no soy un católico al uso, ni siquiera un cristiano practicante. Mi fe está con las iglesias de los pobres, sean católicas, protestantes, budistas, hinduistas, musulmanas... Si existe un Dios, desde luego, es uno solo, se le ponga el nombre que se le ponga en cualquier parte del mundo. Y si existe, por supuesto, es de izquierdas. A los pocos días de aquella procesión fui a conocer la Basílica de Jesús de Medinaceli y solicité el ingreso en su Cofradía. Y hasta hoy. Aunque he de decir que no sigo ninguno de los rituales. Yo voy cuando siento que lo necesito.
También tengo devoción por la Virgen de los Desamparados. Desde pequeño, me acompaña en la habitación una pequeña talla suya que se ilumina en la oscuridad, y esa infancia que pasé en Valencia y que me une a esa ciudad, conformó con los años un deseo de vinculación más intensa. Así que, hace un par de años, en un viaje a Valencia, ingresé como cofrade en la Hermandad de la Virgen de los Desamparados. Pero, como digo, ni en esto de la religión ni en nada, soy fanático. Al igual que con otras organizaciones de las que soy miembro, me gusta colaborar económicamente en lo que puedo.
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