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Casi todo el mundo sabe, excepto algún partido político, que la cifra oficial del paro registrado no se corresponde con el desempleo real pues, si así fuera, habría conflictividad social. Casi todos sabemos, excepto algún partido político, que la familia y la economía sumergida mitigan el drama del paro, sin restar por esto un ápice de dramatismo al vulnerado derecho fundamental a trabajar que todos tenemos. Y la abultada cifra de parados frente a la calmada cuestión social viene determinada, sobre todo, por la compaginación entre prestaciones sociales y trabajo sumergido que se da en el ámbito de las pequeñas y medianas empresas, generadoras de la gran mayoría de los puestos de trabajo. Éstas, en muchos casos, se ven abocadas a rescindir contratos de trabajo, pero no a prescindir de trabajadores, a quienes pueden ofrecer trabajo y salario, pero sin contrato, debido a la necesidad que tienen de reducir costes laborales, es decir, cotizaciones sociales y profesionales. De cómo se articule la eclosión de esta economía sumergida sin afectar a la viabilidad de las pequeñas y medianas empresas dependerá, en gran parte, uno de los éxitos de la recuperación económica. Se trata de hacer rentable para las pymes, en época de crisis, la contratación. Difícil tarea, pero no imposible.