lunes, 12 de febrero de 2018

cartas y diario de sergi sabater| marzo 1994 | 22 años y 6 meses

7 DE MARZO, LUNES
Querido Joaquim...
Tu llamada ha provocado en mí una conmoción que te ha des­pertado de la oscuridad dormida en la que estabas, dentro del recuerdo reprimido en mi inconsciente. Habías pasado ya a for­mar parte de ese lugar del cerebro donde se almacenan las vi­vencias que no se quieren evocar, y mi memoria se había acos­tumbrado a la rutina de olvidarte, en su camino permanente por sobrevivir a los arrepentimientos cotidianos. Es cierto que muchas noches las he pasado casi en vela por revivir los momen­tos que pasé junto a ti, en la soledad de mi habitación, cuando la sombra del día acariciaba el cielo, y su perfume de penum­bras me recogía en la ausencia transportada de los viajes noc­turnos a través de los sueños despiertos. Es cierto también que muchas han sido las noches en que te he traído al espacio redu­cido de mi cuarto con canciones que me hacían pensar en ti, y que he imaginado tenerte sentado frente a mí, escuchando mi canto, mientras una lágrima surcaba mis ojos, por no ser capaz de convertir en realidad mi deseo más oculto y esperado aún.
El veintisiete de febrero del noventa y dos te escribí una carta que nunca llegó a tus manos, porque la dirección que tú me diste entonces no era correcta o bien porque en la oficina de correos de Viana se equivocaron. Aquella carta regresó a mí en lo que fue una señal inequívoca del destino por separarnos. Esa carta, por fin, después de dos años, vuelve a ti y, curiosidades de la vida, en las mismas fechas en que fue escrita. Te la envío jun­to a ésta en su sobre original para que puedas ver que es cier­to lo que te digo. Como podrás leer en dicha carta, yo te contaba que había comenzado a cambiar gracias a ti y que ahora que no estabas a mi lado sentía por ti ese amor que nace de la distancia, del olvido, y que no supe ver cuando estabas conmigo. Me di cuenta de todo poco después de haberte ido, cuando me despertaba por las noches viendo tu imagen y cuando a lo largo del día me des­cubría a mí mismo hablando contigo en soledad conmigo mismo. Pero no voy a hablar de eso ahora. Lo que sí es cierto es que, a partir de entonces, comencé a echarte de menos y, al mismo tiempo, empecé a cambiar mi forma de ser, modifiqué ciertos hábitos adquiridos que no me pertenecían y que enturbiaban mi persona­lidad. Pero no fue un cambio radical, duró siete meses. Fue como un proceso de maduración lento, reflexivo, en que procesé dentro de mí todo lo que impedía vivirme plenamente, sin miedos ni dudas que retrasa­ban mi progreso personal.
Todo eso te lo podía haber contado cuando nos vimos en Madrid aquel día. Tú vivías en Rivas, creo recor­dar, y yo te dejé en casa. Si no lo hice fue por miedo a hacer­te daño otra vez. A veces pienso que en la vida ocurren ciertas cosas que nos deben hacer reflexionar y pasamos por ellas de largo, sin meditar apenas si aquello tiene algún significado que tenemos que descubrir. Creo de verdad que nuestra amistad, nuestro romance, tuvo que tener algún sentido para nuestras vidas. Es más, sigo pensando que todavía no ha llegado el mo­mento de ver qué quiere la vida o Dios de nosotros dos, pero estoy convencido de que algo quiere. Tu llamada del otro día me vuelve a llenar de preguntas sin respuesta.
Pero piénsalo. Has esperado dos años para volver a hablar conmigo y al final te has decidido a hacerlo. ¿Por qué? Porque ninguno de los dos hemos renunciado a mantener viva una amistad que quiso ser algo más y que, por circunstancias ajenas a nues­tra voluntad, quizá, no pudo ser. No sé si el ser humano actúa con libertad plena o si algo más elevado maneja los hilos de sus decisiones, pero sé que las personas y las vivencias que se quedan dentro de uno, que dejan una huella imborrable, permane­cen en nuestro inconsciente, sumidas en un letargo que poco a poco nos va haciendo cambiar, justo cuando termina el proceso de reflexión interna, cuando se ha digerido todo lo que aconte­ció en aquel momento que se vivió deprisa, a golpes de un ritmo que impone la vida actual que no deja mucho tiempo para la asi­mila­ción consciente de las cosas. Tú has vencido tus miedos y quizás me has perdonado el dolor que te causé, y has pensado ahora que no hay motivo para renunciar a algo que todavía puede dar sus frutos, a una relación de amistad sincera y hermosa, ¿por qué no?, que aún en la distancia, mantenga viva la llama de un reencuentro y que comience a ser como quizás entonces quiso la vida que fuera. Yo estoy dispuesto a recuperar el tiempo perdi­do y a ser para ti un amigo de verdad, de los que sufren conti­go cuando tú sufres y de los que se alegran con sinceridad de todo lo bueno que te acontece; no uno de esos amigos con los que hablas de vez en cuando de trivialidades y de cosas sin importan­cia. Siempre quise serlo y ahora que has decidido en­contrarme te digo que mi amistad es tuya si lo quieres. Ayer he paseado por el parque del Templo de Debod junto a un buen amigo mío. Pasábamos por allí de paso hacia otro lugar y entonces me he detenido un momento y le he comentado que allí te recordaba. ¿Te acuerdas de ese parque, al que íbamos de ma­drugada, y nos quedábamos hablando sin salir del coche? Allí, en aquel lugar, los dos nos anudábamos en un abrazo enamorado, del que era difícil desprenderse sin una sen­sación amarga cuando teníamos que marcharnos.
Mi vida ha cambiado bastante. Lo que tú viste fueron los últimos coletazos de una época delineada por la inconsistencia del desorden, por la locura del vivir descabalgado, fuera de mí, ajeno al mundo y desesperado por construir un esquema bien fundamentado que las circunstancias de mi vida habían destrui­do. En noviembre del noventa y dos dejé de ir a Aldintel, rompí con los amigos que tú conociste, y me man­tuve alejado de aquel ambiente hasta que logré olvidarlo y vol­ver a mis orígenes: mi vida en Madrid centrada en mi casa, es­tudiando, con los amigos que aquí tenía, que ahora son más de los que tu conociste. Bruno y Zaida revelaron mi secreto mejor guardado: contaron en Aldintel que yo era gay. Te puedes imaginar cómo fueron los últimos meses que yo estuve allí. Todos me miraban raro, me asesinaban con la mirada, se burlaban de mí a mis espaldas. Poco a poco, Aldintel se fue transformando en un monstruo sin rostro, en un enemigo poderoso, y los fines de semana se hacían insufri­bles, dolorosos. La desidia se adueñó de mí, no tenía ganas de nada, sólo de huir, de marcharme lejos donde nadie me observara, donde nadie me conociera. Sin embar­go, estaba atado porque yo el trabajo lo necesitaba, me hacía falta el dinero. Hasta que ya no pude continuar porque las fuerzas me abandonaban, mi mente en­traba en una fase de locura, mi cuerpo renunciaba a cuidarse… las ganas de vivir, la ilusión por la vida, por mí mismo, se apagaban a pasos agigantados. Decidí contárselo todo a mi madre y pedirle ayuda, pues sin ella me veía forzado a alargar aquella situación denigran­te. Sólo gracias a su amparo pude salir de aquel entorno que me aniquilaba y que desperdició casi dos años de mi vida. Dejé de trabajar en Aldintel y, al no tener trabajo, mi madre tuvo que pagarme muchas deudas y, además, vol­ver a mantenerme como antes. Pero no sólo mi bolsillo estaba destrozado, también mi mente lo estaba. Por eso decidí ir a un psicólogo durante dos meses, para que me ayudara a aclarar mi situación. Me vino muy bien, pues me ayudó bastante a clarificar mis razonamientos y mis sentimien­tos.
Durante el año pasado estuve matriculado en Filosofía pero lo dejé, y este año me he matriculado en Historia, pero también lo voy a dejar. Al cabo de todos estos años me he dado cuenta que cuando abandoné la carrera de Derecho lo hice sólo por la cobardía de no afrontar las dudas y contradicciones intelectuales que me provocaba, porque yo no estaba estabilizado y mi mente estaba ocupada en otras cosas. Pero ahora he visto claro que mi elección estuvo, además, muy condicionada por la voluntad divina. Por eso también pienso que cuando dejé Derecho me rebelé no sólo conmigo mismo y mi entorno, sino que también me rebelé con Dios. Y ahora, pasado este tiempo, me doy cuenta de las estupideces y equivocaciones que podemos co­meter cuando nos dejamos arrastrar por los problemas y los mez­clamos con nuestras seguridades. Esa es la lección que he aprendido: jamás volveré a mezclar los problemas porque de esa manera tu vida se paraliza. Así que el próximo curso volveré a estudiar Derecho, y si no me lo conceden, Ciencias Políticas.
Yo no estoy ahora con nadie. En estos años he tenido más relaciones, pero ninguna ha cuajado más allá de dos meses. Creo que se va a convertir en una constante de mi vida, pero la ver­dad es que no me preocupa, porque tengo muchas cosas con las que llenar mi existencia, muchas inquietudes y muchos amigos a los que quiero y cuido como se merecen. Bien, creo que ya voy a dejarte. Para ser la primera carta te he contado bastantes cosas. De todas formas te volveré a escribir y ya te iré contando más. Pero lo que quiero es que tú también me escribas, o por lo menos, me llames por teléfono de vez en cuando. No me abandones ahora que hemos vuelto a comuni­carnos si crees, como yo, que nuestra amistad puede seguir viva y a los dos nos hace bien. 

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1994
Recuerdo de olvidos y presentes ausencias. Cartas y diario de Sergi Sabater

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