lunes, 12 de febrero de 2018

cartas y diario de sergi sabater | marzo 1994 | 22 años y 6 meses

20 DE MARZO, DOMINGO
Querido Noah…
Cuando estás más acostumbrado a entregar que a recibir, se hace difícil expresar la emoción que estás sintiendo cuando alguien te está confesando su sentimiento gozoso por tenerte como amigo, y más difícil se hace responder a un regalo de los sueños, como fue aquella canción que escogiste para decirme que estabas fe­liz porque yo fuera tu mejor amigo. Ahora que han pasado unos días desde aquel momento y puedo pensar con lenti­tud, me invade una sensación extraña, que no ajena, que me hace caminar unido junto a ti y me siento, por ello, yo también feliz.
Me reprochaba, a veces, mi dificultad por abrir mi senti­miento al tuyo y por no ceder parte de mis secretos. Pero aquel jueves la vida quiso que nos viéramos obligados a demostrar, por fin, los dominios abiertos de nuestro cercano deseo de amistad. Abrimos en aquella tarde deshojada de invierno nuestra carne al amor y sentimos en el corazón un pequeño desgarro, mezcla a la vez de placer y dolor. Era la llamada de un anhelo furtivo que, entre penumbras hasta entonces, había pujado por salir de la oscuri­dad en que dormía. Los dos sentimos la llama viva de una amis­tad que, a partir de entonces, ya no sería la misma. Estába­mos dando un gran paso, perdidos en la mirada del mundo, y te­níamos la íntima convicción de que aquella apuesta no saldría mal del todo.
Aquel jueves la vida me regaló un momento perdurable que que­da­rá para siempre en el recuerdo más íntimo, ése que sabe sólo de sentimientos. Abracé la palabra amigo en toda su di­mensión y en la expresión más verdadera, aquella que habla de dolor, de sufrimiento, y a la vez de compañía, de unión. Aquel jueves, vi­vimos los dos una experiencia que nos hizo crecer jun­tos, que nos permitió conocernos mejor y demostrarnos ambos hasta dónde estábamos dispuestos a llegar en nuestra amistad.
Te encontré sentado frente al Cine Princesa, donde había­mos quedado para ver la película Tres colores. Azul. Al salu­darte, ya noté una expresión distinta e, inmediatamente, me dijis­te que no tenías ganas de ver la película, ni de ir al cine, ni de na­da; que fuéramos a tomar algo a un lugar tranquilo donde pu­dié­ramos hablar; que todo había cambiado veinte minutos an­tes.
Sentados en un rincón del Café del Alphaville me contaste que habías descubierto una carta de Bernard a su amigo de Santoña, don­de hacía referencia a una aventura que había tenido con otro. Una semana antes habíamos estado hablando con Flavia, en ese mismo lugar, de las infidelidades que comete el signo Libra, de tu disposición al sentimiento y al amor, de tu inocencia y bon­dad. Dos semanas antes, tú y yo habíamos hablado en el Café del Nuncio de nuestros conceptos de pareja, de nuestra capaci­dad de sacrificio por amor. Como una premonición, parecía que esas conversaciones habían seguido todas un hilo conductor has­ta desembocar en la evidencia real de aquello que habíamos es­tado reflexionando.
Estabas derrotado, hundido. Tenía a mi lado al amigo ven­cido, rabiando incomprensión, ahogando en su interior el dolor de la traición, la herida abierta que el amado le había causa­do, la broma que la vida le estaba gastando. No supe qué decir en los primeros instantes. Aquello superaba con creces el cono­cimiento que, hasta entonces, yo tenía de Bernard. Nunca imaginé que sus bromas, algún día, dejarían de serlo. Me costó mucho es­fuerzo, al principio, hacerme a la idea de que él, conociéndote como te conoce, siendo consciente de lo que tú le entregas, de lo que esperas a cambio, de cómo concibes ciertas cosas, de cuál es tu concepto de amor, de cómo sufres con todo lo que atañe a vues­tra relación, sabiendo lo enamorado que estás y lo que le amas, fuera capaz de haberte sido infiel.
Nos había defraudado a los dos, pero a ti, además, te ha­bía mentido, te había traicionado. ¿Qué podías esperar a partir de ahora? Todos tus esquemas estaban rotos. Nos fuimos a pasear al Retiro y allí me di cuenta de que la vida, quizá por primera vez, te situaba en la tesitura de cuestionar tus ideas, de adaptarlas a la realidad del mundo, de reconstruir tus concep­tos y de enfrentarte a la vida mejor preparado para el sufri­miento, mejor predispuesto para las perennes heridas que deja abiertas el sentimiento. Remando en aquella barca del lago del Retiro comencé a reaccionar y a sentir en mi piel la desconso­ladora sensación de ahogo y vacío eterno que causa el desamor cuando te toca. Sentía ya en todo mi cuerpo no sólo tu patente dolor sino también el de Bernard y, con el vuestro, recuperaba el mío de los tempranos recuerdos. Vi con claridad que lo que ne­cesitabas no eran consuelos, que nunca los hay, sino armas para ganarle a la vida estas batallas. Por eso empecé a contarte lo que yo había aprendido en estas luchas y de lo que había conse­guido instruirme en los combates para ser yo quien pasa por la vida y no ser un hombre traspasado por ella.
Inicié, entonces, contigo una conversación en la que yo, por vez primera, me desnudaba por completo y abría toda mi filoso­fía a tus oídos. Aquella tarde sentí que además de prestarte mi hom­bro estaba dando un paso definitivo por incorporarte a mis sen­tidos y que, a partir de ahora, tú también eras mi mejor amigo. Por eso he querido recordar en esta carta lo que, más ­deslava­zado que ahora, te dije...  porque, siempre, como dice Pablo Neruda, entre los labios y la voz algo se va muriendo.
Te dije lo que Alejandro Magno decía, que hay que vivir como si tuviera que ser para siempre y como si cada momento pudiera ser el último. Que teníamos que estar siempre prepara­dos para afrontar el dolor y el sufrimiento. Que había que acostumbrarse a vivir acompañado del recuerdo triste de las cosas y de las per­sonas que nos han dejado, porque todo ello cons­tituye la melan­colía de la vida, sentimiento vivo inherente a la misma. Que no podíamos pretender aferrarnos para siempre al placer, a la fe­licidad, a la dicha gozosa, ya que todo ello formaría parte de una irrealidad más dolorosa aún que el propio dolor, pues éste golpea en las fibras que tenemos educadas para protegernos, pero aquéllas, cuando nos abandonan, nos sorpren­den por lo acostumbra­do que estábamos a su disfrute y no acer­tamos a des­prendernos de su compañía. Que teníamos que apren­der, por tan­to, a ser virtuosos en el sentido aristotélico, es decir, aprender a vivir en la virtud, que es el justo medio entre dos defectos: la felicidad plena y la desgracia absoluta. Nadie puede humanamente vivir sólo en uno de esos dos extremos porque no viviría en la realidad del mundo. Es ésa una de las injusti­cias más evidentes. Por eso, la melancolía debe ser, como te había dicho antes, inherente a la vida, porque es algo más de lo que Aristóteles decía que era: el gesto supremo del espí­ri­tu; es la esencia de la vida, ese sentimiento mezcla de dolor y placer que nos invade a veces sin saber si tenemos que reír o llorar. He ahí donde radica el secreto del saber vivir.
Te dije también que la vida era un paseo entre hogueras en­cen­didas y apagadas. Que teníamos que estar siempre prendien­do  fuegos que nos hicieran sentir vivos, pero que a veces te­níamos que quemarnos, porque no se puede caminar siempre des­calzo en­tre llamas sin quemarse alguna vez. Y que era bueno, además, porque es lo que nos hace despertar, lo que impide dor­mirnos en el sueño sofocante de la vida. Que teníamos que acos­tumbrarnos a caminar también entre cenizas, los restos de aque­llas hogue­ras que un día prendieron en nuestro corazón y respi­raron en­cendidas con las llamas agitándose al viento, hasta que nuestro descuido, por no avivarlas lo suficiente, o una ráfaga de vien­to las apagó. Que debíamos intentar siempre atizarlas de nuevo, pero que si su llama se había extinguido por algo con más fuer­za que nosotros mismos, debíamos dejarlas morir con tranquilidad, sin perturbar su agonía, y mantenerlas reposadas en el lugar que ocuparon, pues ese lugar será siempre irreem­plazable, les pertenecerá como los sueños a la noche. Que te­níamos que estar preparados para soportar el dolor que produce la quemadura de una hoguera que se apaga hasta que se convierte en un puñado de cenizas y se enfría, finalmente, y deja de echar humo.
Te dije, también, que teníamos que disfrutar siempre sin perder la inocencia ante las nuevas experiencias, ante las nue­vas per­sonas. Que teníamos que abrirnos al mundo por completo, desnu­darnos por entero a todo soplo de vida, a toda esperanza de luz, y confiar a ciegas en que aquello que vamos a vivir va a ser lo más pleno y excitante, como si nunca antes lo hubiéra­mos vivido. Que teníamos que abrazar siempre los momentos como nue­vos, como si fueran los primeros, para disfrutarlos plena­men­te. Que no se trataba de olvidar ni destruir la memoria, las expe­riencias anteriores, sino de dejarlas en su lugar, en el baúl de los recuerdos, pues ése es su lugar. Pero que teníamos que te­ner presente lo que nos hizo aprender, aquello que nos hizo cambiar, lo que esas vivencias tuvieron de bueno para ha­cernos crecer. Nuestro ánimo tiene que estar constantemente predis­puesto para entrar a saco en nuevas aventuras sin olvi­dar -de eso se trata- nuestro yo, que se ha ido haciendo a base de pa­sar por los instantes de la vida aprehendiendo la materia de sus formas. Ése es otro de los secretos: tener siempre la edad de la inocencia, pero no vivir en ella.
Te dije, también, que no podíamos permitir que nadie nos robara la capacidad de amar ni la capacidad de sorprendernos y deslum­brarnos ante lo inaudito o inesperado, porque entonces nos ro­ban la vida y nos sentimos muertos estando vivos. Y que no de­bíamos caer en esa fatalidad. Por eso teníamos que estar prepa­rados para la ausencia, y de esa manera, poder seguir vi­viendo sin amputarnos la sensibilidad de seguir disfrutando de nuevos momentos, de nuevas experiencias, todas además distintas a las anteriores, porque así como no hay dos personas iguales, tampo­co hay dos instantes idénticos. Cada persona, cada momen­to, es irrepetible en sí mismo, nunca más lo volveremos a vivir igual. Por eso, no podemos dejar que se nos escape el tren que pasa por delante nuestro, porque cada nuevo tren que cojamos nos hará recorrer un viaje diferente a través de paisajes y lugares nue­vos y distintos; aunque a veces parecidos, pero siempre únicos.
Te dije, también, que el amor se entrega pero permanece siempre en nosotros porque está dentro de nosotros mismos, es la expre­sión de nuestra capacidad de amar. Y ésa es siempre la misma, es inherente a nuestra personalidad. El amor que senti­mos nos moldea como personas y lo somos en función del amor que somos capaces de dar. Amamos siempre de la misma manera a per­sonas diferentes con detalles y entornos distintos. Por eso, te dije, si has sido capaz de amar una vez, serás capaz de amar siempre. Los que te dejen se marcharán con el amor que les has dado, pero nunca debes permitir que se lleven consigo tu amor, el que tú tienes, porque entonces se llevan también con él todo tu ser. Alejandro Magno decía que del amor nacen algo más que hijos: los hijos de los sueños, y ésos son los que nunca debe­mos en­tregar a los que nos abandonan, porque son los más impor­tantes, ya que el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, que decía Hölderlin. De lo contrario, morire­mos en la penumbra de los amores carbonizados.
Te dije, finalmente, que no se trataba de cerrar nuestra carne al amor, de negar a los demás la posibilidad que ya dimos a otros. De lo que se trata es de saber siempre a la altura a la que nos estamos elevando, de medir la altura a la que nos eleva la vi­da, las personas y las experiencias; de mirar para abajo cuando nos sentimos elevados a un cielo desbordante, para calcu­lar la distancia a la que podemos caer después sin temor a ha­cernos daño. Que de lo que se trataba era de subir siempre, de elevar­se, pero siendo conscientes de que es posible que ten­ga­mos que bajar, que es posible que nos caigamos. Si hemos me­dido esa distancia no tendremos miedo a la caída, porque ya sa­bremos cómo prepararnos para llegar otra vez al suelo del que despega­mos.
Al final de aquel largo paseo nos fuimos andando hasta el Hotel Palace, donde tomamos una copa, ya más relajados, escu­chando las notas que aquel hombre al piano dejaba caer suave­mente en el salón del bar de la cúpula. Y ahora recuerdo que se me ol­vidó enton­ces decirte lo que dijo Marco Aurelio en una ocasión, que nada le sucede al hombre que su naturaleza no esté prepara­da para soportar.

© FRANCÍ XAVIER MUÑOZ 1994
Recuerdo de olvidos y presentes ausencias. Cartas y diario de Sergi Sabater

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